El séptimo dia de su partida entró muy de madrugada fatigadísimo en la pequeña ciudad de Barnet. Las puertas de las casas estaban cerradas, las calles desiertas, nadie se habia levantado aun para prepararse á los trabajos del dia. El sol se elevaba radiante; pero su luz solo demostraba al niño de una manera mas sensible su abandono y su miseria. Se sentó en las gradas de una iglesia con los piés llenos de sangre y polvo.
Poco á poco se abrieron las puertas, se estendieron los toldos y la gente empezó á circular por las calles. Algunas personas (en número muy pequeño) se detuvieron un momento para contemplarle ó solo se volvieron al pasar á toda prisa; pero nadie le socorrió ni se tomó siquiera la pena de indagar porque se encontraba de tal modo en aquel sitio. El pobre niño no se sentia con ánimo para mendigar y estaba sentado allí sin saber lo que seria de él.
Habia ya algun tiempo que permanecía en tal posicion asombrándose del gran número de tabernas que veia, (pues que cas todas las casas de Barnet lo son) y mirando con displicencia los carruajes públicos que pasaban rápidamente ante él, cuando le sacó de su reflexion la vista de un jóven que hacia pocos instantes acababa de pasar sin mostrar haber reparado en él y que retrocediendo luego y colocándose al otro lado de la calle le miraba con la mayor atencion. De pronto no hizo caso de ello; pero viendo que el tal muchacho permanecia tanto tiempo en la misma actitud, levantó la cabeza y le miró del mismo modo. Entonces este atravesó la calle y dirijiéndose directamente á él dijo:
—Y bien monigote! Que haces ahí hecho un estafermo?
El individuo que hizo tal pregunta á nuestro jóven viagero, era poco mas ó menos de su edad, pero tenia el aspecto de una originalidad nunca vista por Oliverio.
—Y bien! De que se trata? —prosiguió.
—Me muero de hambre y estoy sumamente fatigado! —respondió Oliverio con las lágrimas en los ojos —He hecho un largo camino; he andado durante siete dias.
—Durante siete dias! —dijo el jóven —Ah! ya caigo. De órden del pico... he! —luego añadió notando la sorpresa de Oliverio. —¿sabes acaso lo que es un pico mi jóven camarada?
Oliverio respondió ingenuamente que siempre habia oido decir que un pico era la boca de un pajaro.
—Vaya un zopo! —esclamó el jóven —El pico es el magistrado. Marchar de órden del pico, no es andar en derechura, sino trepando siempre sin jamás volver á descender. ¿No has estado nunca sobre el molino.