—Plumy y Slám! —tal fué su respuesta.
Este era probablemente el santo y seña ó el aviso de que nada habia que temer, porque la débil luz de una vela se reflejó en la pared al extremo opuesto del pasadizo y se mostró una cabeza á flor de tierra en el punto donde estaba antes el antiguo tramo de la escalera de la cocina.
—Sois dos? —dijo un hombre cuya era la cabeza avanzando algo mas la vela y estendiendo su mano sobre los ojos para ver mejor —¿Quien es el otro?
—Un neófito —respondió Jaime empujando á Oliverio hacia adelante.
—De donde viene?
—Del pais de la Ganuza. ¿Fajin está arriba?
—Si; acomoda los desperdicios. Ea; subid.
La luz se hundió y con ella la cabeza.
Oliverio buscando su camino á tientas con una mano y con la otra cojiendo los faldones del casacon de su compañero llegó no sin trabajo á lo alto de la escalera sombria y medio rota que el Camastrón trepó con una seguridad y ligereza que probaban serle muy conocido el camino. Este abrió la puerta de un aposento situado en la parte trasera de la casa, é hizo entrar á su nuevo compañero.
En él estaban reunidos alrededor de una mesa, un viejo judío cadavérico y asqueroso, dos muchachos muy semejantes en aspecto al Camastron y dos jovencitas vivarachas. Cada uno tenia ante sí un plato con una tajada de tocino frito que cortaba en pedazos y los comia con mucha voracidad.