—Fagin! —dijo el Camastrón dirijiéndose al viejo —Os presento mi amigo Oliverio Twist.

Aquel sonrió, y haciendo un profundo saludo á Oliverio, le cojió la mano diciéndole tendria el honor de relacionarse con él.

—Estamos muy contentos de verte. —añadió —Camastrón! Saca esas salsichas de la sarten y acerca ese taburete á la lumbre para que Oliverio se sienta, coma y se caliente. Ah! miras los pañuelos de faltriquera de sobre aquel cofre amiguito? Algunos no son malejos he? Justamente acabamos de contarlos para mandarlos á lavar... esto es todo; todito... Ah! ah! ah!

La risita del judío exitó la hilaridad de sus jóvenes comensales y en medio de carcajadas estrepitosas continuaron la cena.

Oliverio tomó su parte de ella. Luego el judío le llevó un vaso de ginebra y agua caliente recomendándole lo bebiera de una sola vez para pasar el cubilete á otro; pero á penas lo hubo tragado se sintió atraer suavemente sobre unos sacos amontonados en un rincon y se durmió profundamente.

CAPÍTULO IX.

ALGUNOS DETALLES CONCERNIENTES AL VIEJO CHISTOSO Y SUS ALUMNOS SOBRESALIENTES.

ERA ya tarde cuando Oliverio se dispertó á la mañana siguiente. En el aposento no habia mas que el viejo ocupado en hacer hervir café y silvando por lo bajo mientras lo removia con una cuchara de hierro. De vez en cuando se paraba para escuchar al menor ruido que oia y cuando habia satisfecho su curiosidad volvia á remover el café y á silvar de lo lindo.

Despues que el café estuvo hecho, puso la cafetera en el suelo y no sabiendo como matar el tiempo, se volvió maquinalmente hacia Oliverio y le llamó por su nombre. Era probable que el niño dormia, porque no respondió. Luego que se hubo asegurado de ello se dirijió de puntillas á la puerta y la cerró con los cerrojos. En seguida á lo que le pareció á Oliverio (que realmente no dormia) levantó un ladrillo del pavimento; sacó de un hoyuelo practicado debajo de el una cajita, y la colocó sobre la mesa. Sus ojos brillaron al levantar la tapadera y al sumerjir dentro de ella su mirada. Por último acercando una silla vieja, se sentó y sacó de la caja un reloj de oro magnífico y resplandeciente de diamantes.

—Ah! ah! —dijo encojiéndose de hombros y haciendo una mueca horrible —Eran ellos unos famosos conejos! unos verdaderos hurones! Firmes hasta el fin! Incapaces de decir al negro bonete donde esto se encontraria! Jamás, jamás han vendido al viejo Fagin! Además ¿les hubiera servido esto acaso para librarse del balanceo? Pamema! Tampoco se hubiera aflojado el nudo escurridizo. No, no! Ah! Eran buenos vivientes! Famosos conejos!