Haciendo estas reflecciones y otras de la misma naturaleza, el judío volvió el reló á su sitio primitivo. Otros cinco ó seis por lo menos fueron sacados sucesivamente de la misma caja y pasados en revista con la misma satisfaccion, como tambien sortijas, alfileres, braceletes y otros artículos de joyeria de una materia tan magnífica y de un trabajo tan precioso que su vista tenia á Oliverio en babia.
Despues de haber colocado el judío estas joyas en su sitio anterior tomó otra tan pequeña que la tenia en el hueco de su mano. Esta parecia tener cincelada una inscripcion muy diminuta, porque la puso sobre la mesa y garantizándola de la falsa luz poniendo la mano ante ella, la examinó largo tiempo con la mas viva atencion. En fin renunciando á la esperanza de descifrar aquella leyenda remitió la joya en la cajita inclinándose en el respaldo de su silla.
—Magnífica cosa la pena capital! —murmuró entre dientes— Los muertos no regresan para bachillerear. Oh! Es una gran garantia para el comercio! lineó de ellos enfilados en la misma cuerda y ninguno tan ruin para desembuchar el secreto!
Al decir esto el judío que hasta entonces habia tenido sus ojos negros y penetrantes sobre la joya en un estado de fijeza estática los dirijió á Oliverio y viendo que el niño le miraba con muda curiosidad, comprendió que habia sido observado. Entonces cerrando bruscamente la cajita, se apoderó de un cuchillo que estaba sobre la mesa y se levantó furioso. Sin embargo no estaba seguro, pues Oliverio á pesar de su espanto pudo notar que el cuchillo temblaba en la mano del viejo.
—Por vida de! —esclamó el judío —¿Me espiabas? Estabas dispierto? Que has visto? Oh! habla... niño! responde pronto! va en ello tu vida!
—No he podido dormir mas tiempo señor! —respondió Oliverio —siento haberos interrumpido.
—Tu no estabas dispierto hace media hora he? —preguntó el viejo con acento estraviado.
—No señor es la pura verdad! —repuso Oliverio.
—Estás de ello seguro? —gritó el judío dando á su mirada una espresion mas feroz y tomando una actitud amenazadora.
—Si, si señor! lo juro! —replicó el niño con ansia —Os aseguro que no estaba dispierto! de toda verdad! de toda verdad!