—Cállate; cállate! —dijo el judío recobrado de repente sus maneras ordinarias y aparentando jugar con el cuchillo antes de volverlo sobre la mesa para dar á entender que no lo habia cojido mas que por broma —Ya lo sabia buen amigo y esto no era mas que para darte miedo, para reirme. Sabes hijuelo mio que eres un valenton! Ah! ah! eres un valenton Oliverio! —Mientras decia esto frotaba sus manos con falsa sonrisa y no dejando de mirar la cajita con alguna inquietud. Luego poniendo su mano sobre la tapadera añadió despues de un momento de silencio. —Has visto tu algunas de esas cosas hermosas amigo mio?

—Si señor. —respondió Oliverio.

—Ah! —hizo el judío cambiando de color —Estos son... es mi pequeño haber Oliverio; es mi propiedad, todo lo que tengo para descansar en mis viejos días! El mundo dice que soy avaro; si amigo mio, solamente avaro; nada mas que esto.

Oliverio pensó que efectivamente el viejo señor debia ser avaro pues que vivia en un sitio tan miserable con tantos relojes; imaginándose luego que tal vez su ternura por el fino camastron y los demás muchachos le costaba mucho dinero no dejó de tenerlo en mayor estima y le preguntó respetuosamente si podia levantarse.

—Ciertamente amigó mio! ciertamente! —respondió él viejo judío —Espera; detras de la puerta hay un cantaro de agua: traelo aquí: voy á darte una cofaina para lavarte.

Oliverio se levantó, atravesó el aposento y se bajó para tomar el cantaro; cuando se volvió la cajita habia desaparecido.

Apenas habia concluido de lavarse y poner cada cosa en su sitio despues de haber arrojado el agua de la cofaina por la ventana á tenor de las órdenes del judío, cuando el fino camastron Volvió á entrar acompañado de uno de sus amigos, jóven alegrillo que Oliverio habia visto la víspera anterior. Este le fué presentado con todas las fórmulas debidas, como que era el Señor Cárlos Bates. Cada uno se sentó á la mesa y comió con el café bollos todavia calientes y jamon que el Camastron habia traido en la copa de su sombrero.

—Y bien amigos! —dijo el judío lanzando sobre Oliverio una mirada maligna el propio tiempo que se dirijia al Camastron —Espero que habreis estado en el taller esta mañana.

—Un poco abuelo! —respondió el Camastron.

—Y con unas ganas deliciosas! —repuso Cárlos.