Esto era para el niño una invitacion de entrar en una celdilla cuya puerta habia abierto el hombrecillo y donde le encerró despues de haberle registrado y no encontrándole nada sobre él.
El anciano caballero al oir rechinar la llave en la cerradura se puso tan triste como Oliverio y dirijió suspirando sus ojos sobre el libro causa inocente de todo aquel fracaso.
—Hay algo en la fisonomía de ese niño —se dijo á sí mismo dando algunos pasos y golpeándose frente con el libro, completamente absorvido en sus reflecciones —algo que me choca y me interesa. Será tal vez inocente? Paréceme... Por vida de! —esclamó parándose en seco y mirando fijamente á las nubes— ¿Dónde he visto yo una fisonomía semejante á la suya?
Despues de haber reflecsionado algunos momentos, se adelantó en ademan pensativo hácia una pequeña sala que daba al patio y allí retirado y á solas pasó revista en su memoria á un gran número de rostros que hacia muchos años habia perdido de vista, y sobre los cuales se habia estendido un velo sombrío.
El carcelero le dispertó de sus sueños dándole un golpecillo sobre la espalda y haciéndole señal de que le siguiera: cerró inmediatamente su libro y pronto se vió á la presencia imponente del célebre Mr. Fang. La sala de audiencia que daba á la calle tenia el techo artesonado. Mr. Fang estaba sentado mas allá de una pequeña balustrada y en une de los estremos. A un lado de la puerta y en un banquillo colocado al efecto, estaba sentado el pobre Oliverio espantado de la gravedad de esta escena.
El anciano caballero se inclinó profundamente, se adelantó hacia el bufete del magistrado y dijo añadiendo la accion á la palabra:
—Esta es mi direccion caballero —y dando tres pasos atrás se inclinó de nuevo y esperó que se le preguntase.
Cabalmente Mr. Fang leia en este momento con profunda atencion en el Morning Chronicle un artículo concerniente á una sentencia que habia dado, el cual artículo le recomendaba por la milésima vez á la atencion particular del ministro del interior. Estaba á mas de mal humor y levantando la cabeza con ademan uraño:
—Quien sois? —preguntó.
El anciano caballero algo sorprendido señaló con el dedo su tarjeta.