—He! —esclamó el caballero —No! Ya sabia yo bien que no podeis tener apetito. No tiene apetito señora Bedwin. —continuó con aire de importancia volviéndose á la señora.
Esta hizo una señal de cabeza respetuosa, por la que parecia decir que creia al doctor un sujeto muy hábil: este por su parte pareció tenor de si la misma opinion.
—Teneis sueño no es cierto amiguito? prosiguió el doctor.
—No señor. —respondió Oliverio.
—No. —repuso el otro con ademan de inteligente —no teneis sueño. Tampoco teneis sed?
—Si señor; estoy un poco sediento.
—Justamente lo que pensaba Señora Bedwin. A la verdad es muy natural que esté sediento; muy natural. Podréis darle un poco de thé y una tostada de pan sin manteca. Que no sea demasiado caliente Señor Bedwin; pero tened cuidado de que no sea demasiado frio. Ya comprendeis ¿no es cierto?
La buena señora hizo una reverencia y el doctor despues de haber probado la pocion refrescante, se alejó haciendo crujir sus botas sobre el piso con aire de importancia y dignidad. Oliverio poco despues volvió á dormirse y era ya cerca de media noche cuando se dispertó. La Señora Bedwin le deseó entonces una buena noche y le dejó bajo el cuidado de una vieja gordinflona que acababa de entrar llevando dentro su ridiculo un librito de oraciones y una larga gorra de dormir.
La mañana estaba ya bastante adelantada cuando Oliverio se dispertó despejado y risueño. La crísis de la enfermedad habia pasado, estaba ya fuera de peligro y pertenecia aun á este mundo. En menos de tres dias se halló capaz para sentarse en un sillon reclinado sobre almohadas y como estaba aun demasiado débil para poder andar, la señora Bedwin lo habia bajado á su propio aposento donde se sentaba á su lado frente el hogar y encantada á lo sumo de una mejoría tan notable, derramaba lágrimas de ternura.
—No hagais caso queridito; esto es á pesar mio —dijo —Caramba! Ahora ya pasó aquello y yo me encuentro del todo aliviada!