—En verdad señora sois muy buena para mi. —dijo Oliverio.
—Está bien amiguito! no hablemos mas de ello. Nada tiene que ver con vuestro caldo y es ya hora de que lo tomeis, porque el doctor dice que Mr. Brownlow podria venir á visitaros esta mañana y es necesario que nosotros estemos sobre nuestros cuarenta y ocho pues que cuanto mejor aspecto tengamos mas estará él contento.
Esto diciendo la buena señora hizo calentar en una caserola una porcion de un caldo bastante fuerte; capaz reducido á la fuerza señalada en las casas de Caridad, para suministrar una opípara comida á trescientos pobres por lo menos.
—Os gustan los cuadros amigo mio? —preguntó la buena señora viendo que Oliverio tenia los ojos fijos con una atencion particular sobre un retrato colgado en la pared justamente frente de él.
—No podria decíroslo señora! —respondió éste sin apartar la vista del retrato —He visto tan pocos que á la verdad no sé... Que semblante tan dulce y tan bello tiene esa señora!
—Ah! —dijo la anciana —Los pintores hacen siempre á las mugeres mas hermosas de le que son; de otro modo hijo mio no tendrian parroquianos. El que ha inventado la máquina para reproducir fisonomías por obra de la sola naturaleza, el buen Monsieur Daguerre hubiera debido saber que ella no tendria écsito! Hay demasiada fidelidad; demasiada! —repuso riéndose de todo corazon por la malicia con que habia dicho esto.
—Esa pintura se parece á alguno? —preguntó Oliverio.
—Si. —contestó la buena señora levantando los ojos un instante —Es lo que se llama un retrato.
—De quien? —volvió á preguntar el niño con curiosidad.
—Ah! eso es lo que no podré deciros amiguito! —repuse ella con aire jovial —Probablemente (al menos que yo sepa) será de alguno que ni vos ni yo conocemos. —Parece que es complaceis en mirarlo queridito?