—Es tan hermoso! tan bello!

—Creo que no as dará miedo he? —dijo la buena señora sorprendida del aire de respeto con que el niño miraba el retrato.

—Oh! no seguramente! —respondió este con prontitud —Pero la mirada de esa señora se me presenta tan triste desde este sitio! Parece que se dirije á mi! Esto me hace latir el corazon como si estuviera animado —prosiguió con tono mas bajo —y como si quisiera hablarme y no pudiera.

—Bendito seais de Dios! —esclamó la buena señora estremeciéndose —Niño no hableis así! Despues de la enfermedad que acabais de pasar estais débil y nervioso; dejad que vuelva vuestro sillon del otro lado y entonces no veréis esto. —dijo juntando la accion á la palabra —Ahora al menos ya no podeis verlo!

Oliverio lo veia en su imaginacion tan perfectamente como si no se le hubiere movido de sitio; pero pensó que haria mejor en no enfadar á la buena señora y así sonrió graciosamente cuando ella le miró. La Señora Bedwin por su parte contenta de ver que se encontraba mas á satisfaccion, echó sal á su caldo y puso en el pequeñas cortezas de pan tostado con todo el aparato conveniente á un preparativo tan solemne. El lo despachó con una prontitud extraordinaria y apenas habia tragado la última cucharada cuando llamaron suavemente á la puerta.

—Entrad! —dijo la buena señora.

—Mr. Brownlow (porque era él) entró tan listo como le fué posible; pero no bien hubo levantado sus anteojos sobre su frente y puesto sus manos trás su bata para examinar mejor á Oliverio, cuando su fisonomía cambió varias veces de espresion, haciendo muchas contorciones tan grotescas las unas como las otras. Oliverio débil por la enfermedad, hacia por respecto á su bienhechor esfuerzos inútiles para ponerse en pié cayendo siempre otra vez en el sillon y Mr. Brownlow que de toda verdad era mas sensible que media docena de hombres de su calibre, no pudo contener las lágrimas que se escaparon de sus ojos como por medio de un proceder hidráulico, que nosotros no nos croemos bastante filósofos para poder esplicar.

—Pobre niño! pobre niño! —dijo esforzando su voz —Señora Bedwin; esta mañana estoy un poco ronco; temo haber cojido un resfriado.

—No digais tal cosa señor. —repuse esta. —Toda la ropa blanca que os he entregado estaba muy soca.

—No sé Bedwin; no se que diga —prosiguió Mr. Brownlow —pero me parece que la servilleta que me disteis ayer en la comida estaba algo húmeda. Pero no importa! Como os encontrais amigo mio?