—Muy feliz señor —respondió Oliverio —y muy reconocido á vuestras bondades para conmigo.

—Niño encantador! —dijo Mr. Brownlow repuesto de su emocion. —Señora Bedwin; le habeis dado algun alimento? Algunos caldos he?

—Acaba de tomar una píldora de excelente gelatina —respondió la Señora Bedwin irguiéndose de toda su altura y prenunciando estas últimas palabras con énfasis para dar á entender que entre un caldo y una gelatina no habia la menor relacion.

—Puha! —hizo Mr. Brownlow encojiéndose de hombros. —Dos ó tres vasos de vino de Oporto le hubieran hecho mas bien ¿no es cierto Tomás White?

—Yo me llamo Oliverio. Señor! —contestó el jóven convaleciente con asombro.

—Oliverio! —dijo Mr. Brownlow —Oliverio que? Oliverio White he?

—No señor. Twist; Oliverio Twist.

—Picaro de nombre! —dijo el anciano —¿Porque dijisteis al juez que os llamabais White?

—Jamás le dije tal cosa señor! —respondió Oliverio con mayor asombro.

Esto se parecia tanto á una mentira, que el anciano no pudo menos de mirar fijamente á Oliverio. Era imposible no creerle; el sello de la verdad estaba impreso sobre todos los rasgos finos y delicados de su fisonomía.