—Tara ri ra la... la tia Miguela ha perdido su... —moduló el Camastron con aire truanesco.
Esto era esplicativo; pero no satisfactorio. Maese Bates lo comprendió así y preguntó á su amigo que es lo que queria decir.
El Camastron no respondió; pero dan lo una rápida cabezada para volver el sombrero á su sitio y pasando por sobre sus codos los largos faldones de su casaca, se hizo un bulto en la meg illa con su lengua, se dió algunos capirotazos en la nariz con un aire familiar el mas espresivo y haciendo una pirueta se precipitó dentro la entrada. Maese Bates le siguió con ademan pensativo. El ruido de sus pasos en la vieja escalera llamó la atencion del judío sentado en este momento ante el hogar con una salsicha y un panecillo en su mano izquierda, un cuchillo en su derecha y un jarro de estaño sobre el taburete. Era de notar una sonrisa innoble en sus labios descoloridos al volverse para escuchar atentamente dirijiendo el oido hacia la puerta y lanzando una mirada salvaje por debajo sus cejas rojas.
—Que significa? —murmuró cambiando de espresion. —No son mas que des ahora! Donde está el tercero? Les habrá sucedido algo? Escuchemos!
Los pasos se oyeron mas distintamente. Los dos caballeritos llegaron á la maseta, la puerta re abrió suavemente y volvió á cerrarse tras de ellos.
—Dónde está Oliverio? —prorumpió el judío con furia —Qué habeis hecho de él?
Los dos pilluelos se miraron uno á otro perturbados como si temieran la cólera del viejo; pero se callaron.
—Qué ha sido de Oliverio? —dijo el judío cojiendo al Camastron por la garganta y amenazándole con imprecaciones horribles. —Habla ó te estrangulo! Hablarás? —clamó con voz de trueno y sacudiéndole con fuerza.
—Canario! Ha sido pellizcado y nada mas. —dijo al fin el Camastron con tono áspero —Vaya, dejadme ya! —continuó y de un solo empujo desprendiéndose de su casaca que quedó entre las manos del judío, cojió la aguja del azador y asestó al chaleco del viejo chistoso tal bote que si lo alcanza le hubiera privado de sus gracias al menos por seis semanas sino por dos meses.
El judío en tai percance retrocedió con mas ligereza de la que era de esperar en un hombre de su edad y apoderándose del jarro de estaño se preparaba para arrojarlo á la cabeza de su adversario, cuando Cárlos Bates llamando en este momento su atencion por un ahullido espantoso cambió el destino del jarro y Fagin lo arrojó lleno de cerveza á la cabeza de este último.