—Ea! Que diablos pasa ahora aquí? —murmuró una voz gruesa —Quién me ha tirado esto á la cara? Puede darse por muy feliz que haya recibido solo la cerveza y no el jarro, pues de otro modo hubiera hecho mi negocio con alguno. Jamás me hubiera pasado por el magin que un viejo ladron de judío pudiera arrojar otra cosa que agua... Que significa todo esto Fagin? El diablo me lleve si mi corbata no está llena de cerveza... Vén acá tu... Que tienes que hacer pegado á esa puerta? Como si debieras avergonzarte de tu amo!

El hombre que refunfuñó estas palabras era un moceton de treinta y cinco años poco ó menos, vestido con un redingote de terciopelo de algodon negro, unos calzones de paño burdo muy estropeados, borcejies y medias de algodon gris que cubrian unas piernas macisas adornadas por gruesas pantorrillas; piernas en fin de aquellas á quienes parece faltar algo sino van guarnecidas de grilletes.

—Ven acá ¿lo entiendes? —dijo con acento nada lisongero.

Un perro blanco de pelo largo y sucio y con la cabeza llena de cicatrices entró arrastrándose en el aposento.

—Os haceis rogar mucho! —continuó el hombre —Os costaba acaso reconocerme en medio de tan honrada compañía? Acostaos alli!

Esta órden fué acompañada de un puntapié que envió al animal al otro estremo del aposento.

—De que proviene pues esa batalla? Viejo ladronazo ¿porque maltratais á los muchachos? —dijo el hombre sentándose con mucha prosopopeya. —Me estraño que no os hayan asesinado. Si fuera yo de ellos lo haria. Si hubiera sido vuestro aprendiz largo tiempo ya que esto estaria hecho y que... pero no, no hubiera podido sacar un sueldo de vuestra piel, porque no sois bueno mas que para meteros en una botella para enseñaros como un fenómeno de fealdad y creo que no se soplan de bastante grandes para conteneros.

—Silencio! Silencio Señor Sikes! —dijo el judío tembloroso —No hableis tan alto.

—Si os place no tantos cocos —prosiguió el bandido —llamándome Señor. Comprendo donde quereis ir á parar cuando tomais ese tono; á nadie bueno por cierto. Llamadme por mi nombre, le teneis muy conocido. No creais que lo deshonre cuando llegue mi hora!

—Está bien; está bien Guillermo! —dijo el judío, con abyecta humildad —Parece que estais de mal humor?