—Oliverio! Oliverio! amigo mio!
—Quien está ahí? —respondió desde el interior una voz débil y desmayada.
—No hay aquí un muchacho? —preguntó Nancy suspirando.
—No! —replicó la misma voz —Que Dios le libre de ello!
Como ninguno de los presos respondió al nombre de Oliverio, ni pudo dar razon de él, Nancy se dirijió en derechura al carcelero (el mismo gordinflon con chaleco rayado de que se ha hablado ya) y con lamentos y gritos que hizo todavia mas dignos de lástima agitando su cesta y su llave, pidió á su hermano adorado.
—No está aquí querida! —dijo aquel.
—Donde se halla? —preguntó con acento estraviado.
—El caballero se lo ha llevado.
—Que caballero? Oh! Dios mio! que caballero?
En contestacion á esas preguntas incoherentes el Carcelero relató á la buena hermana afligida, que habiéndose desmayado Oliverio en el despacho del magistrado y presentándose luego un testigo que probó haber sido cometido el hurto por otro niño, habia sido absuelto y llevado por el querellante á su domicilio situado en algun sitio allá por el lado de Pentonille segun la direccion que el susodicho querellante habia dado al cochero en el acto de subir al fiacre.