—Oh! que no señora! Os aseguro que no me hacia ningun daño; tenia tanto placer en verle!

—Está bien! está; bien! —dijo el ama con acento jovial —Restableceos lo mas pronto que podais y se le volverá á su sitio; yo os lo aseguro! Ahora hablemos de otra cosa.

Esto es todo lo que Oliverio pudo saber por esta vez del cuadro misterioso y la anciana que se habia manifestado tan buena para él durante su enfermedad, procuró trasladar la atencion á otro objeto y de consiguiente le espetó algunas noticias respecto á su hija; una buena moza á fé mia casada con un bravo muchacho habitando ambos en provincia, cuales noticias aquel escuchaba con oido atento.

Mr. Brownlow mandó comprarle un traje nuevo y le dejó en libertad de disponer á su gusto de sus viejos harapos. El los dió á un criado que el mismo dia los vendió á un judío ropavejero.

Una tarde despues de algunos dias despues de la aventura del retrato, estando Oliverio hablando con la señora Bedwin M. Brownlow envió recado, que si aquel se sentia bien tuviera la bondad de pasar á su gabinete para hablarle un instante.

—Vírgen de Dios madre! —esclamó la Señora Bedwin —Lavaos pronto las manos y venid luego á que os arregle un poco el cabello! Dios mio! Dios mio! Si hubiese podido preveer eso, os hubiera puesto un cuello blanco haciéndoos un ramito de flores.

Oliverio obedeciendo á la buena señora se lavó las manos y aunque esta se plañia mucho de no tener siquiera el tiempo de plegar la pequeña gorguera de su jóven protegido, tenia con todo tan buen aspecto que no pudo menos de decir mirándole de la cabeza á los piés que realmente no sabia si le hubiera sido posible operar en el mayor cambio en mejora aun que hubiese estado prevenida desde mucho tiempo antes.

Oliverio animado por estas lisonjas de la buena señora, entró en el gabinete de Mr. Brownlow despues de haber llamado suavemente á la puerta. Este era una hermosa piezecita llena de libros y mirando á soberbios jardines. El anciano estaba sentado ante una mesa con un tomo en la mano. Al ver á Oliverio dejó el libro sobre la mesa y le dijo viniera á sentarse cerca de él.

Mr. Brownlow tomando un tono mas dulce pero sin embargo mas serio dijo: —Amigo mio! En este momento necesito que pongais atencion á lo que voy á deciros. Os hablaré con el corazon abierto persuadido como estoy de que sois mas capaz de comprenderme que muchas personas de mas edad que vos.

—Oh! no hableis de alejarme señor; os lo ruego! —esclamó el niño aterrorizado por el tono con que Mr. Brownlow pronunció este exordio. —No me expongais á divagar de nuevo por las calles! Guardadme aqui como criado! No me volvais al horrible sitio de que he venido! Caballero! Os suplico que tengais piedad de un pobre niño!