—Querido Oliverio! —dijo el anciano afectado por el acento con que aquel hizo ese llamamiento súbito á la sensibilidad —No temais que os abandone mientras no me dais motivo para ello.

—Jamás caballero! Jamás; os lo aseguro! —replicó Oliverio.

—Tengo razones para creerlo —repuso á su vez el anciano —y asi lo espero. Es verdad que antes de ahora he sido engañado por personas á quienes queria hacer bien; pero á pesar de ello estoy dispuesto á dispensaros mi confianza y me intereso por vos mas de lo que yo mismo puedo darme razon. Los que han poseido mi efecto mas tierno, descansan en paz en la tumba y á pesar de que la alegria y la felicidad de mi vida las han seguido, no he hecho de mi corazon un ataud, ni lo he cerrado para siempre á las emociones mas dulces. Una afliccion profunda no ha hecho mas que volverlas mas fuertes y asi debe ser porque ella depura nuestro corazon! Vaya, vaya. —prosiguió con aire jovial. —Esto lo digo porque vos teneis un pecho jóven y subiendo que yo he tenido grandes tristezas evitareis con mas cuidado el renovarlas. Decís que sois huérfano sin un solo amigo en lo tierra; todas las pesquizas que he hecho sobre este punto confirman vuestras palabras; contadme vuestra historia. De donde venis? Quien os ha educado y donde habeis encontrado á los compañeros que he visto con vos. Decidme la verdad y si veo que no habeis cometido ningun crímen, mientras vivais no os faltará un amigo.

Las sollozos privaron á Oliverio de la palabra por algunos momentos; pero al finita á contar como habia sido educado en la granja y de alli llevado por Mr. Bumble á la Casa de Caridad, cuando retumbaron dos aldabazos dados por una mano impaciente á la puerta de la calle y casi al mismo tiempo una criada vino á anunciar á Mr. Grimwig.

—Sube? —preguntó Mr. Brownlow.

—Si señor. —respondió aquella. —Ha preguntado si estabais en casa y como le he respondido que si, ha dicho que venia á tomar el thé con vos.

Mr. Brownlow se sonrió y volviéndose á Oliverio —Mr. Grimwig —dijo —es un conocido antiguo. Es necesario no parar la atencion en sus maneras algo bruscas; fuera de esto es un sujeto honrado y yo le estimo sinceramente.

—Mandais que me retire Señor? —preguntó Oliverio.

—No. —contestó Mr. Brownlow —Prefiero que os quedeis.

En este momento apareció un individuo gordo cojeando de una pierna y apoyándose en un enorme baston. Hablando tenia la costumbre de inclinar la cabeza de un lado y volverla en espiral como hace un papagayo. En esta postura pues y teniendo en la mano un pedazo de cascara de naranja que enseñaba con el brazo tendido, esclamó con voz ronca y triste: