—Mucho mejor! Os doy gracias caballero! —respondió Oliverio.

Mr. Brownlow temiendo que su exéntrico amigo no dijera algo desagradable á su jóven protegido, suplicó á éste fuera á decir á la Señora Bedwin que esperaban el thé, lo que el muchacho hizo con tanto mas gusto cuanto los modales del recien llegado no le hacian mucha gracia.

—No os parece interesante ese muchacho? —preguntó Mr. Brownlow.

—No lo sé —contestó Grimwig con sequedad.

—No lo sabeis?

—No en verdad. No encuentro diferencia alguna entre los muchachos, ni conozco de ellos mas que dos especies: los unos pálidos y endebles y los otros colorados y gordimflones.

—Y en que categoria colocais á Oliverio?

—En la de los endebles. Uno de mis amigos tiene un grueso muchacho mofletudo (á eso llaman un niño hermoso!) con una cabeza como un bola, megillas rojas y ojos chispeantes; un niño horrible á fé mia, cuyo cuerpo y miembros parecen forzar las costuras de sus vestidos y teniendo por añadidura una voz de piloto y un apetito de lobo. Bien le conozco al monstruo!

—Vaya! —dijo Mr. Brownlow. —Esta falta no la tiene Oliverio; con que no puede provocar vuestra cólera.

—Es cierto que no tiene esta falta; pero puedo tener de peores.