En este momento Mr. Brownlow tosió con impaciencia lo que parecia dar mucho gusto á Mr. Grimwig.
—Si, lo repito: —continuó este último —puede tener de peores. ¿De donde viene? quien es? Ha tenido la fiebre! Ello que prueba? La fiebre no es patrimonio de las gentes honradas, al menos que yo sepa. Acaso no son los malvados los que tienen algunas veces la fiebre? He conocido en la Jamaica á un hombre que fué ahorcado por haber asesinado á su amo; seis veces tuvo la fiebre. Por eso no se le recomendó á la clemencia de la corona! Puha! Hubiera sido una bestialidad!
El hecho es que Mr. Grimwig en el fondo de su corazon estaba dispuesto á convenir en que las maneras de Oliverio abogaban en su favor; pero dispuesto mas que nunca á contradecir estando como estaba muy exitado por la cáscara de naranja; y como se habia metido en la cabeza que nadie le haria confesar si un niño era bueno ó no, habia resuelto desde el momento á combatir la opinion de su amigo.
Asi pues, cuando este hubo confesado que no podia responder satisfactoriamente á ninguna de sus preguntas y que para interrogar á Oliverio sobre sus antecedentes habia esperado á que este estuviera del todo restablecido, Mr. Grimwig se sonrió maliciosamente y preguntó con acento de mofa, si por ventura el ama de llaves tenia la costumbre de contar la plata cada noche, de lo contrario, si una hermosa mañana no le faltaban tres ó cuatro cubiertos se comeria etc. etc.
—Y cuando debeis oir la relacion fiel y circunstanciada de la
vida y aventuras de Oliverio Twist? —añadió concluyendo su thé, y mirando al mismo tiempo de reojo á Oliverio que acababa de entrar otra vez.
—Mañana por la mañana. —respondió Mr. Brownlow —Prefiero que esté solo conmigo para ello. Venid á encontrarme mañana á las diez amigo mio. —continuó dirijiéndose á Oliverio.
—Esta bien señor. —respondió este con alguna vacilacion, avergonzado de verse el blanco de las miradas escudriñadoras de Mr. Grimwig.
—Que apostais que no viene mañana á encontraros? —dijo este último por lo bajo al oido de Mr. Brownlow. —Le he visto vacilar; os engaña querido.
—Juraria que no. —repuso Mr. Brownlow con calor.