—Si no os engaña —objetó el otro —quiero... (y el baston resonó sobre el piso.)

—Respondería con mi vida de que el niño dice la verdad. —insistió aquel golpeando con el puño sobre la mesa.

—Y yo con mi cabeza, que os engaña. —replicó Grimwig golpeando tambien sobre la mesa.

—Allá lo veremos. —dijo Mr. Brownlow procurando ocultar su despecho.

—Si; allá lo veremos. —repuso Grimwig con sonrisa burlona —Allá lo veremos!

Como si la suerte lo hubiera dispuesto á propósito, en medio de este altercado entró la señora Bedwin trayendo un paquete de libros que aquella misma mañana Mr. Brownlow habia comprado al mismo vendedor de libros viejos que ha figurado ya en esta historia, el que depositó sobre la mesa y se dispuso á salir del aposento.

—Decid al muchacho que espere Señora Bedwin. —dijo Mr. Brownlow. —Tiene que volverse algo.

—Se ha marchado.

—Llamadle, que importa. Ese hombre no es rico y sus libros no están pagados: tambien tiene que volverse otros.

La puerta fué abierta. Oliverio corrió por un lado y la criada por otro mientras desde el lindar la Señora Bedwin llamaba al muchacho; pero este estaba ya muy lejos y Oliverio y la criada volvieron sofocados sin haber podido alcanzarle.