—Lo siento mucho. —esclamó Mr. Brownlow —hubiera querido que esos libros hubiesen sido devueltos esta misma tarde.
—Devolvedlos por medio de Oliverio. —dijo Grimwig con malicia —Estais seguro que los devolverá fielmente.
—Oh! si, señor! Permitid que los devuelva: os lo suplico —dijo Oliverio —Correré todo el camino y pronto estaré de vuelta.
Mr. Brownlow iba á contestar que no debia salir fuera por lo que fuera, cuando una mirada maligna de su viejo amigo le decidió á dejar partir al niño, para que por un pronto regreso probase al momento á este último la injusticia de sus sospechas, sobre ese punto al menos.
—Pues bien! Si; ireis amigo mio. —dijo Mr. Brownlow —Los libros están sobre una silla de mi despacho; subid á buscarlos.
Oliverio ufano de poder hacerse útil, volvió con mucha diligencia los libros debajo el brazo y esperó gorra en mano que se le esplicase lo que debia hacer.
—Direis —añadió Mr. Brownlow mirando fijamente á Monsieur Grimwig —direis que vais á llevar esos libros y á pagar al mismo tiempo las cuatro libras diez chelines que debo. Ahí teneis un billete de banco de cinco libras; debeis devolverme diez chelines.
—No estaré diez minutos —dijo Oliverio gozoso.
Al mismo tiempo metió el billete en la faltriquera de su chaleco, abotonó la chaqueta hasta el cuello, puso los libros debajo su brazo y habiendo hecho un saludo respetuoso salió. La Señora Bedwin le siguió hasta la puerta de la calle dandole las señas del camino mas corto, del nombre y de la habitacion del librero, señas que Oliverio dijo tener perfectamente en la memoria, y habiéndole recomendado tuviera cuidado de no resfriarse la buena señora le dejó al fin partir.
—Que Dios le bendiga! —dijo viéndole alejarse —No se porque; pero no apruebo el que se le deje marchar de este modo.