DESPUES de haber recorrido algunas callejuelas, llegaron al fin á una gran plaza que á juzgar por los rediles y cobertizos de que estaba guarnecida debia ser un mercado de animales. Sikes aflojó entonces el paso, pues del modo que andaban la jóven no podia seguirles y volviéndose á Oliverio le intimó bruscamente que diera la mano á Nancy.
—Entiendes lo que te digo? —refunfuñó Sikes, observando que el muchacho se resistia y miraba á su alrededor.
Se encontraban en un sitio sombrío muy lejanos de los transeuntes y Oliverio se convenció completamente de que toda resistencia seria inútil. Alargó pues la mano á Nancy y esta la estrechó fuertemente contra la suya.
—Ahora dame esa! —continuó Sikes apoderándose de la otra mano.
—Aquí Cesar! (El perro levantó la cabeza y se puse á gruñir.) La vés bien he? —prosiguió señalando con el dedo la garganta del niño y echando terribles juramentos —Si tiene la desgracia de remover solamente los labios muerde eso! Comprendes?
El perro gruñó de nuevo y lamiéndose los hocicos miró á Oliverio como si se alegrára de antemano de poderlo saltar al cuello.
—Lo hará como se lo digo! Que un rayo me parta si no lo hace! —repuso Sikes arrojando una mirada feroz al animal en muestra de aprobacion. —Ahora mira lo que te conviene: grita cuanto te acomode; el perro te impondrá pronto silencio! Ea! anda ya fiel guardian y ojo avisor.
A estas palabras afectuosas de su amo, Cesar que no estaba acostumbrado á ellas removió la cola y dando un gruñido en señal de advertencia para Oliverio, tomó la delantera y abrió la marcha.
El mercado que atravesaban era el de Smithfield. La noche estaba sombría y brumosa, las luces de las tiendas apenas podian abrirse paso á través de la nieble cuyo espesor crecia á cada instante aumentando la soledad y la tristeza del sitio, al mismo tiempo que hacia la incertidumbre de Oliverio mas horrible y mas angustiosa.
Cerca una hora recorrieron callejones sucios y poco concurridos y si algunas personas encontraron parecieron á los ojos de Oliverio como pertenecientes á la misma calaña de Sikes. Por fin, enfilaron una calle aun mas estrecha y mas sucia que las otras, habitada cuasi toda ella por ropavejeros y el perro adelantándose corriendo como si estuviera cierto de que su vigilancia era ya entonces inútil, se paró ante una tienda cerrada al parecer desocupada, pues la casa amenazaba ruina y un rótulo anunciando que estaba para alquilar, permanecia medio clavado sobre la puerta en señal de que estaba en ella desde muchos años.