—Oh! que buena farsa! —esclamó maese Bates desternillándose de risa. —Si, el es! Pero mirad Fagin... miradle... Dios de Dios! Qué buena farsa! Hay para morirse de risa! Que alguno me tenga para que pueda reir á mis anchuras. Ah! ah! ah!

Esto diciendo maese Bates se dejó caer en tierra boca abajo y estuvo en tal postura por mas de cinco minutos dando un libre desahogo á su loca alegría y sacudiéndose las posaderas con sus talones. Luego volvió á levantarse, tomó la vela de manos del Camastron y acercándose á Oliverio dió vuelta entorno suyo para examinarle mientras que el judío quitándose su gorra de algodon saludó respetuosamente varias veces al pobre niño que los miraba con ademan azorado. Entre tanto el Camastron que era de un carácter mas maduro y que raras veces comprometia su dignidad cuando se trataba de asuntos serios relativos á su profesion, vaciaba los bolsillos del infortunado con la atencion mas escrupulosa.

—Mirad Fagin, mirad su cáscara! —dijo Bates acercando la vela tan cerca del vestido nuevo de Oliverio que poco faltó para que pusiera fuego en ellos —Mirad su cascarita! Tela de pavo real y corte de tijera de plata! Viva la elegancia! Ola! ola! y esos libros? Eso le dá el aire de todo un caballero ¿no es verdad Fagin?

—Querido! Estoy encantado de veros tan bien puesto! —dijo el judío saludando á Oliverio con humildad afectada —El Camastron os dará otros vestidos, pues seria una lástima gastaseis estos que son para los domingos! Querido? porque no habeis escrito que veniais? Hubiéramos tenido algo caliente para vuestra cena.

A estas palabras maese Bates soltó una carcajada tan estrepitosa que el mismo judío desarrugó la frente y el Camastron se sonrió. Pero como en este mismo momento este sacó el billete de banco de la faltriquera de Oliverio, seria dificil averiguar si fué la bufonada de Cárlos ó el descubrimiento del billete quien exitó su sonrisa.

—Ola! ¿Que papelucho es este? —dijo Sikes adelantándose hácia el judío, mientras este se apoderaba del billete. —Esto me pertenece Fagin!

—No, no Guillermo; es mio querido! Vos tendreis los libros.

—Si no se entrega eso á mi ó á Nancy (que es lo mismo), voy á devolver al niño. —dijo Sikes poniéndose el sombrero con ademan resuelto.

El judío se estremeció: lo mismo hizo Oliverio aun que por motivo muy diferente pues esperaba que su libertad seria el resultado de la disputa.

—Ea! venga acá eso! Lo entendeis? —dijo Sikes.