El viejo Fagin conocia demasiado al sexo de que formaba parte Nancy y los caprichos á que comunmente está sujeto para no juzgar prudente dejar á la jóven. Con esta idea, para apartar la atencion de esta se dirijió á Oliverio.
—Con qué queriais escaparos he? —dijo tomando una gruesa estaca llena de nudos que estaba en un rincon de la chimenea.
Oliverio no respondió; pero espió los movimientos del judío latiéndole con fuerza el corazon.
—Si; llamabais socorro! Queriais hacer venir la guardia ¿no es esto? —prosiguió, cojiendo con furia el niño por el brazo —Jovencito! Os curaremos de esta manía.
Al decir esto el judío le sacudió un fuerte golpe sobre las espaldas con su estaca y tenia la mano levantada para darle otro cuando la jóven avalanzándose á él con la rapidez del rayo le arrancó el palo de las manos y lo arrojó al fuego con tal fuerza que hizó saltar los carbones ardientes en el aposento.
—No lo sufriré mientras yo este presente Fagin! —esclamó —Habeis recobrado otra vez á ese niño ¿que queréis mas? No el maltrateis ó os doy mi palabra que me entregaré respecto á uno de vosotros á ecsesos que me conducirán á la horca antes de tiempo! Al hacer esta amenaza golpeó el suelo con su pié, mientras cerrados los puños y el rostro pálido de cólera miraba alternativamente ya á Sikes ya á Fagin.
—Qué es esto Nancy? —dijo el judío con acento melífluo despues de un momento de silencio durante el cual cambió con Sikes una mirada en la que era fácil adivinar la turbacion de su alma —Esta noche te muestras mas sentimental que nunca! Ah! ha! querida... Obras noblemente!
—Así me cuadra! —respondió esta —Cuidad de que no me propase! Vos Fagin no hariais con ello muy buen negocio! Con que os lo prevengo por la última vez; dejadme en reposo!
Existe en la muger irritada (sobre todo cuando ha sido llevada á los estremos) cierto sentimiento que los hombres no tienen ganas de provocar. El judío comprendió perfectamente que seria inútil fingir poco cuidado de la cólera de Nancy; así pues, retrocediendo con prudencia, miro á Sikes con aire villano y suplicante á la vez como para darle á entender que no se consideraba tan capaz como él para seguir la conversacion.
Sikes viéndose interpelado de tal modo y pensando tal vez que su amor propio estaba interesado en probar el ascendiente que tenia sobre Nancy volviéndola á la razon, profirió cinco ó seis juramentos y otras tantas amenazas con una facilidad de elocucion que hizo honor á su fértil inventiva. Sin embargo como esto no pareció producir ningun efecto visible en la persona que de ello era objeto, recurrió á argumentos mas sólidos.