—Bastante te ha costado llegar—observó el Marqués sonriendo.

—Por el contrario, he hecho el viaje con mucha rapidez.

—Dispensa, no he querido decir que en el camino hayas invertido mucho tiempo, sino en resolverte a hacer el viaje.

—Sí... me han obligado a aplazarlo... negocios diversos.

—Lo supongo—contestó el tío.

No cambiaron más palabras mientras el servidor estuvo presente. Servido el café, y solos ya tío y sobrino, abrió la conversación este último, clavando sus ojos en la cara del primero, que parecía una máscara.

—He regresado, tío, persiguiendo el mismo objetivo que me obligó a ausentarme. He corrido un peligro inmenso; pero el objetivo es tan sagrado, que aun cuando la muerte me hubiese acarreado, no habría decaído mi valor.

—La muerte no, querido—respondió el tío;—ni nombrarse debe esa señora.

—Dudo mucho, tío—replicó el sobrino,—que usted me hubiese tendido una mano, aun viéndome colocado en el filo mismo de la muerte.

Agitáronse las ventanas de la nariz del tío y se hicieron más profundas las líneas de su rostro, dando expresión más cruel a su aspecto; pero el Marqués hizo un gesto gracioso de protesta, que nada tenía de tranquilizador por ser efecto demasiado palpable de la finura de modales del prócer.