—Hablando con franqueza—repuso el sobrino,—si no mienten mis informes, ha hecho usted todo lo posible para dar fuerza a las sospechas originadas por las circunstancias demasiado sospechosas que me rodeaban.
—¡No, no, no, no!—contestó riendo el tío.
—No discutiremos ese punto—continuó el sobrino, mirando con evidente desconfianza a su interlocutor.—Me consta que, a trueque de detenerme en el camino, ha de agotar usted todos los recursos de su diplomacia especial, como me consta también que en materia de recursos, es usted poco escrupuloso.
—Mi querido sobrino, me permitiré rogarte que procures hacer memoria, que tengas presente lo que te dije hace tiempo, mucho tiempo.
—Lo recuerdo perfectamente.
—Muchas gracias—contestó el Marqués, con voz que parecía un instrumento musical.
—En efecto, tío; creo firmemente que debo a su mala fortuna, y a mi buena estrella, el no encontrarme en este momento recluído en alguna prisión de Francia.
—No entiendo bien—respondió el tío, tomando un sorbo de café.—¿Tienes la bondad de explicarte?
—Con mucho gusto. Quiero decir que, de no haber caído usted en desgracia en la corte, de no encontrarse bajo la obscura sombra de aquella nube que le viene envolviendo desde hace algunos años, no le habría faltado una carta de cachet que me hubiera abierto las puertas de una fortaleza por tiempo indefinido.
—Es muy posible—replicó el tío, con calma imperturbable—que el honor de la familia me hubiese impulsado a molestarte hasta ese punto.