—Por fortuna para mí, observo que en la recepción de anteayer encontró usted la misma frialdad de siempre—dijo el sobrino.
—Perdona que te diga, mi querido sobrino, que yo, en tu lugar, no aseguraría que mi desgracia en la corte sea para ti una fortuna. Es muy probable que las reflexiones que te hubiera sugerido la soledad de una cárcel hubiesen ejercido en tu destino futuro influencia más beneficiosa que la que puedan ejercer tus actos gozando de libertad. Pero es inútil discutir este particular. Me encuentro, según dices, en posición desventajosa. Hoy, solamente el interés o las importunidades alcanzan esos pequeños instrumentos de corrección, esos medios suaves para robustecer el poderío y el honor de las familias, esos favores insignificantes que tanto hubieran podido molestarte. ¡Son tantos los que los codician, y tan pocos (comparativamente) los que los obtienen! No sucedía así en otros tiempos, pero las cosas han variado mucho, y varían todos los días, siendo de notar que van de mal en peor. Nuestros antepasados gozaban del poder de vida o muerte sobre sus vasallos y gentes vulgares. ¡Cuántos de esos perros han salido de esta misma habitación para ser colgados inmediatamente! Que yo sepa, en mi alcoba fué muerto a puñaladas un insolente bellaco que se atrevió a proferir no sé qué broma de mal gusto a propósito de su hija que... Hemos perdido muchos privilegios; es la verdad. Se ha puesto en moda una filosofía nueva, y no puedo negar que hoy, si nos obstinásemos en defender todos nuestros derechos, acaso tropezáramos con graves inconvenientes. ¡Las cosas se ponen malas, muy malas!
El Marqués tomó un polvo de rapé y movió la cabeza con la expresión de quien lamenta que un país desdeñe medios tan excelentes de regeneración.
—De tal suerte hemos hecho valer nuestra posición social, tanto en tiempos pasados, como en nuestros días—replicó el sobrino con acento sombrío,—que hemos conseguido que Francia pronuncie con aversión y con odio nuestros nombres.
—De lo que debemos felicitarnos—observó el tío.—La aversión y el odio son los homenajes más altos y más involuntarios que los pequeños rinden a los grandes.
—No encuentro en este país una sola cara que nos mire con deferencia—repuso el sobrino.—En todas ellas leo el respeto engendrado por el temor y la esclavitud.
—Lo que no deja de ser lisonjero para la familia y para los procedimientos empleados por la familia para sostener su grandeza—dijo el Marqués, tomando otro polvo de rapé y montando una pierna sobre otra.
Afectaba el prócer glacial indiferencia; pero cuando su sobrino, puestos los codos sobre la mesa, se cubrió los ojos con las manos y permaneció durante un buen espacio de tiempo absorto en sus reflexiones, desapareció la mascarilla del Marqués y miró de soslayo a su sobrino con expresión tal de rencor, que se armonizaba muy mal con la indiferencia primera.
—La única filosofía de efectos duraderos es la represión—observó el Marqués.—Ese respeto sombrío engendrado por el miedo y la esclavitud, amigo mío, hará que los perros continúen obedientes al látigo mientras este techo nos proteja contra la intemperie.
Quizá el techo estaba llamado a caer derrumbado antes de lo que el buen Marqués creía. Si ante sus ojos hubieran presentado aquella noche un cuadro de lo que sería dentro de contado número de años su castillo, y cientos de castillos semejantes al suyo, a buen seguro que nadie le habría hecho creer en la fidelidad de la pintura.