—Mientras tanto—continuó el Marqués,—corre de mi cuenta poner a salvo el honor y el reposo de nuestra familia, quieras tú o no... Pero, ahora caigo en que debes encontrarte rendido: ¿te parece que, por esta noche, pongamos término a nuestra conferencia?

—Un momento más.

—Una hora, si ése es tu gusto.

—Hemos obrado mal, tío, y los frutos de nuestra iniquidad están madurando.

—¿Hemos obrado mal?—repitió el tío sonriendo.

—Ha cometido mil yerros nuestra familia, sí, nuestra honorable familia, cuyo honor tanto nos interesa a los dos. Hasta en tiempos de mi padre cometimos mil iniquidades, sacrificando sin reparo a todo ser humano que se interpusiera entre nosotros y nuestros placeres... ¿Pero a qué hablar de los tiempos de mi padre, si otro tanto ocurre en los de usted? ¿Puedo, acaso, establecer una separación entre mi padre y su hermano gemelo, su heredero adjunto, su sucesor inmediato forzoso?

—La mano de la muerte me llamó a sucederle.

—Y la misma mano me dejó encadenado a un sistema que me repugna, que me horroriza, haciéndome responsable de lo que no está en mi mano evitar; me impide dar cumplimiento a la súplica postrera que murmuraron los labios de mi santa madre, me impide obedecer la orden última, muda, pero patética, dictada por los ojos queridos de aquella dama ejemplar, que me encarecían que tuviera piedad y compasión, y que jamás cerrara mis oídos a la voz de la justicia; y por último, me destroza el alma, al convencerme de que necesito una mano que me ayude y de que en vano la busco.

—Si en mí la buscas, mi querido sobrino, desde luego te aseguro que pierdes el tiempo: no la encontrarás nunca. He decidido bajar al sepulcro perpetuando el sistema bajo el cual nací y he vivido.

Tomó otro polvo de rapé, guardó la cajita en el bolsillo, y añadió: