—Preferible es escuchar la voz de la razón y aceptar el destino natural... Pero observo que estás perdido, mi querido Carlos.

—Perdidas están para mí estas propiedades y hasta Francia—contestó con amargura el sobrino.—Las renuncio.

—¿Pero es que puedes renunciarlas? Siempre he creído que para renunciar precisa poseer. Yo no sé si Francia será tuya ya; pero los bienes de nuestra familia... Claro que ni vale la pena hablar de ello; pero ¿es que los consideras tuyos?

—Al hablar como lo hice, ni se me ocurrió la idea de aludir a los derechos que sobre ellos tengo, ni mucho menos reclamar su posesión. Si mañana pasasen de sus manos a las mías...

—Lo que tengo la vanidad de considerar muy improbable...

—... O de aquí a veinte años...

—Me haces demasiado honor; pero prefiero esta suposición a la primera.

—Los abandonaría, para vivir en otra parte y otro género de vida. ¡No sería abandonar mucho! ¡Total, un desierto espantoso que no presenta más que miserias y ruinas!

—¿Sí?—exclamó el Marqués, paseando su mirada por aquella habitación suntuosa.

—No diré que la vista no encuentre en aquéllos algún atractivo; pero estudiados en su fondo, a la luz de la razón y de la justicia, son una torre ruinosa de extorsiones, despilfarros, deudas, injusticias, opresiones, hambres, desnudeces y sufrimientos.