—¿Sí?—repitió el Marqués con acento de satisfacción.
—Si llegan a ser míos, los confiaré a manos más competentes que las mías para que los desgraven poco a poco, dado caso que llegue a tiempo, del peso enorme que los arrastra al precipicio, a fin de que los infelices que a ellos se ven clavados sufran menos en lo sucesivo. No podré hacerlo; lo sé. Pesa sobre ellos una maldición, y no sólo sobre ellos, sino también sobre la nación entera.
—¿Y tú?—preguntó el tío.—Perdona mi curiosidad; ¿es que a la sombra de tu filosofía de nuevo cuño esperas vivir del maná del cielo?
—Fuerza será que viva de lo mismo que vivirán tantos otros compatriotas míos, por muchos que sean sus pergaminos, por rancia que sea su nobleza: del trabajo.
—¿En Inglaterra, por ejemplo?
—Sí. El honor de la familia puede dormir tranquilo. No lo mancillaré trabajando mientras me encuentre en este país, y no podré mancillarlo en otro sencillamente porque, fuera de aquí, no ostentaré el apellido de la familia.
El Marqués hizo sonar un timbre. Inmediatamente se iluminó la habitación inmediata. Esperó el Marqués a que se fuera el servidor que había encendido las luces, y cuando oyó que sus pasos se alejaban, dijo, mirando a su sobrino con rostro sonriente:
—Muchos atractivos tiene para ti Inglaterra, bien que, a decir verdad, no me admira si tengo en cuenta lo mucho que allí has prosperado.
—Manifesté ya antes que creo ser deudor a usted de todas las fortunas y prosperidades que allí encontré. De todas suertes, Inglaterra es mi refugio.
—Si hemos de creer a los vanidosos ingleses, es el refugio de muchos. ¿Conoces a un compatriota nuestro que allí buscó refugio? Me refiero a un doctor.