—Le conozco.

—¿A quien acompaña una hija?

—Sí.

—El mismo. Estás rendido... Buenas noches.

La sonrisa con que acompañó la inclinación de cabeza que hizo a su sobrino a guisa de cortés despedida y el tono con que pronunció las últimas palabras, envolvían un misterio que no pudo menos de impresionar al sobrino.

—Sí—repitió el Marqués.—Un doctor con una hija... Sí. ¡Así comienza la nueva filosofía!... Buenas noches.

El joven clavó sus ojos en su cara cual si esperase encontrar en ella la aclaración de las últimas palabras que habían herido sus oídos. Trabajo perdido. Lo mismo hubiera conseguido interrogando las de las estatuas de piedra que tanto abundaban en el castillo.

—¡Buenas noches!—añadió el tío.—El deseo de verte mañana por la mañana me tendrá desvelado toda la noche... Que descanses... Enciende las luces del dormitorio de mi señor sobrino... ¡Y asa a mi señor sobrino en la cama, si puedes!—añadió para sus adentros, antes de hacer sonar nuevamente la campanilla, llamando al ayuda de cámara a su alcoba.

El ayuda de cámara acudió al llamamiento y volvió a salir, dejando al Marqués en paños menores y dispuesto a meterse en la cama. Tardó una porción de minutos en hacerlo. Si alguien le hubiese visto vestido como iba y calzado con zapatillas, midiendo la estancia con paso silencioso y vivo, semejante al del tigre real, hubiérale tomado probablemente por el famoso marqués encantado de la leyenda, cuyas transformaciones periódicas en felino comenzaban entonces o terminaban en aquel instante.

Surgían en el fondo de su imaginación, mientras caminaba de uno a otro extremo de su voluptuosa alcoba, los incidentes más salientes del viaje que terminara aquella noche: veíase subiendo perezosamente la rampa empinada de la colina, contemplaba con los ojos del alma la puesta del sol, el descenso de la falda opuesta de la colina, el molino, la cadena de la galga, la prisión emplazada al borde del tajo, la aldea de la hondonada, los labriegos en derredor de la fuente y el caminero en el momento de señalar con su gorro puntiagudo la cadena de su coche de camino. La fuente de la aldea le recordaba la otra fuente de París, y en ella veía al cadáver del niño acurrucado sobre el basamento, a las mujeres inclinadas sobre su cuerpecito y al hombre alto que, con los brazos extendidos gritaba: «¡Muerto!»