—Me estoy enfriando—murmuró el señor Marqués.—¡A la cama, a la cama!
Tendióse en el lecho, dejó caer las lujosas cortinas que lo envolvieron, y se dispuso a dormir.
Por espacio de tres horas interminables permanecieron las caras de piedra de los inmóviles centinelas colocados en el exterior del castillo contemplando las negruras de la noche; por espacio de tres horas interminables los caballos inquietos golpearon con sus manos los pesebres de las caballerizas, y la lechuza lanzaba un ruido peculiar que no tenía semejanza alguna con el canto que a las lechuzas han asignado los hombres-poetas.
Hombres y leones de piedra del castillo clavaron por espacio de tres mortales horas sus ojos sin pupilas en los negros tules de la noche. Negros estaban los campos, negros los bosques, negros los caminos, negro como mar de tinta todo el paisaje. En el cementerio de la aldea hubiese sido imposible distinguir una tumba de otra, y nadie hubiera podido decir si la cruz a cuyo pie estaba arrodillada aquella tarde la mujer que pidió una gracia al Marqués continuaba enhiesta o si había caído derribada. En la aldea, explotadores y explotados dormían profundamente. Quizá durante el sueño disfrutaban estos últimos de opíparos banquetes, como ocurrir suele a los que perecen de hambre, o bien de tranquilidad y de descanso, cual bueyes habituados a gemir bajo el yugo.
Aguas invisibles y silenciosas fluían de la fuente de la aldea, lo mismo que de la fuente del castillo, perdiéndose a lo lejos, como se pierden los minutos que continuamente deja escapar la mano del Tiempo. Al cabo de tres horas interminables, las aguas comenzaron a tomar ligeros tonos grises, y los ojos de las caras de piedra del castillo principiaron a iluminarse.
Brotó por Oriente el sol, tiñendo de rojo las copas de los árboles y las cimas de las montañas. Sus fulgores dieron roja coloración a las aguas que brotaban de la fuente del castillo y a las caras de piedra de hombres y leones. Gorjeaban parleros los pajarillos, uno de los cuales, más atrevido que sus compañeros, agotó el repertorio de sus cantos más hermosos posado sobre el alféizar de piedra de la ventana de la alcoba del señor Marqués. El centinela de piedra más inmediato contempló con mudo asombro al cantor, abrió la boca y dió muestras del terror más profundo.
Los fulgores del astro del día sacudieron el sopor que dominaba cual señor absoluto en la aldea. Abriéronse las ventanas, desatrancáronse las puertas de las casas, y las gentes salieron tiritando a la calle para entregarse a las faenas diarias. Unos se fueron a la fuente, otros al campo; éstos, a arar, aquéllos a cavar o a apacentar escuálidos ganados. En la iglesia quedaron dos o tres personas, suplicando al Cielo que conservara la vida de alguna vaca o de corto número de ovejas.
El castillo despertó más tarde, cual correspondía a su elevada jerarquía social. Los rayos del sol tiñeron de rojo primero a los venablos, espadas y lanzas; más tarde arrancaron destellos a los montantes, comenzaron a abrirse ventanas, se impacientaron los caballos en las cuadras, y los perros sacudían las cadenas que los sujetaban, ladrando desaforadamente en demanda de libertad.
Todos éstos eran incidentes triviales que se repetían diariamente, detalles rutinarios de la vida ordinaria. Pero algo menos trivial, algo que no era rutinario ni corriente ocurría aquella mañana en el castillo. Repicaba con furia insistente la gran campana; corrían los servidores de una parte a otra; por la terraza cruzaban muchas personas y en las caballerizas ensillaban con azoramiento varios caballos. ¿Por qué?