¿Qué ventolera había acometido al caminero, momentos antes entregado al trabajo, allá en la cima de la colina? ¿Acaso las aves del campo pretendían llevarse en sus picos el escaso almuerzo que había dejado sobre un montón de piedras? ¿por qué corría con aquella furia, ladera abajo, cual si de la velocidad de su carrera dependiera su vida? ¿Por qué hundía sus piernas hasta la rodilla en el polvo, y devoraba distancias sin detenerse a tomar aliento, hasta que llegó a la fuente?

En derredor de ésta se había congregado toda la población de la aldea, y allí permanecía con la consternación pintada en sus semblantes, hablando con voz muy baja, bien que sin revelar otras emociones que las de curiosidad sombría y profunda sorpresa. En la embocadura de la calle se veían gentes del castillo, servidores de la casa de postas y todas las autoridades de la aldea, más o menos armadas. El caminero había penetrado ya en el centro de un grupo, formado por unos cincuenta amigos particulares suyos, con los cuales hablaba con muestras de excitación. ¿Qué significaba todo esto? Sobre todo, ¿qué significaba la llegada del señor Gambelle, que sentado a la grupa de un caballo, montado también por un servidor del castillo, se aproximaba a la aldea a galope tendido, no obstante la doble carga, cual si quisiera representar, un poquito modificada, la leyenda alemana de Leonora?

Todo ello significaba que, en el castillo, las caras de piedra habían aumentado en una aquella noche.

El Gorgon que presidió la erección del castillo decidió sin duda visitar su obra durante la noche, advirtió que faltaba una faz de piedra, la misma que probablemente estaban esperando desde doscientos años antes, y la aumentó.

La cara de piedra reposaba boca arriba sobre la mullida almohada del lecho del señor Marqués. Parecía mascarilla finísima, de expresión un poquito asustada o airada. Pegado a la cabeza había un tronco de hombre, también petrificado, y envainado en el corazón de ese tronco se veía un cuchillo. En derredor del pomo del cuchillo había un papel, en el cual alguien había garrapateado las siguientes palabras:

«Llévale veloz a la tumba. De parte de Santiago».

X.
DOS PROMESAS

Pasaron doce meses. Carlos Darnay se había establecido en Inglaterra como maestro de idioma francés y de literatura francesa. Hoy le darían el pomposo nombre de profesor; en aquella época se le llamaba tutor. Enseñaba a jóvenes que disponían de tiempo y deseaban aprender una lengua viva que se hablaba en todo el mundo. Maestros como Darnay no se encontraban con facilidad en aquellos tiempos. Los príncipes y los reyes distaban mucho de poder figurar entre la clase de los que pueden enseñar, y la nobleza arruinada no pensaba en perder la vista trabajando sobre los Libros Mayores del Banco Tellson, ni en consagrar sus aptitudes a las artes culinarias o de carpintería. No tardó en hacerse conocido el joven Darnay, quien como maestro poseía el secreto de hacer que sus discípulos encontrasen agradables sus lecciones, y como traductor sabía poner en sus trabajos algo más que los conocimientos derivados de la gramática y del diccionario. Como quiera que, por otra parte, supo asimilarse las costumbres del país en que vivía, no es de admirar que con algo de perseverancia, consiguiera prosperar.

Cuando se trasladó a Londres, no lo hizo llevado de la esperanza de pasear sobre aceras de oro ni de dormir sobre lecho de rosas. De haber abrigado esas esperanzas, a buen seguro que no hubiese prosperado. Esperaba trabajo, lo encontró, se dedicó con ardor a él, sacó de su labor todo el partido posible: ese fué el secreto de su prosperidad.

Pasaba parte del tiempo en Cambridge, hablando con los estudiantes y enseñándoles, como de contrabando, lenguas europeas y prescindiendo del griego y del latín, sobradamente enseñados en aquel establecimiento docente, y el resto del día permanecía en Londres.