Pero pasemos a otro asunto menos ingrato. Desde los remotos tiempos en que la humanidad disfrutaba de un verano perpetuo, hasta los que hoy padecemos, en los cuales hemos de conformarnos con un invierno no menos perpetuo, el mundo ha seguido invariablemente el mismo derrotero; el derrotero de Carlos Darnay... el derrotero del amor a la mujer.
Habíase enamorado de Lucía Manette el día en que el peligro se cernía sobre su cabeza. En sus oídos no había resonado nunca una voz de acentos tan armoniosos, tan delicados, tan tiernos, como los que en la ocasión indicada supo aquella poner en su compasiva voz, ni sus ojos vieron jamás rostro tan encantador, tan angelical como el de Lucía, cuando ésta le veía al borde mismo de la fosa que a sus pies habían abierto falsos acusadores. Sus labios, empero, no habían dejado traslucir el secreto de su corazón. El asesinato perpetrado al otro lado del Canal, en desierto castillo, aquel robusto castillo de piedra, databa de un año, y el joven Darnay a nadie había revelado el estado de su alma.
Que para obrar de esa suerte tenía Darnay sus razones, sabíalo él perfectamente; pero fuera que éstas hubieran desaparecido, fuera que no pudiera mantener encerrado por más tiempo en su pecho el secreto, ello es que un día de verano, a su regreso de Cambridge, dirigió sus pasos hacia el tranquilo rincón de Soho, resuelto a abrir su pecho al doctor Manette. El día estaba próximo a terminar, y sabía que Lucía habría salido con la señorita Pross.
Encontró al doctor leyendo junto a la ventana. Las energías que en otro tiempo le sostuvieron impidiendo que cayera abrumado bajo el peso de sus torturas, habíanle restablecido gradualmente. Era ya un hombre fuerte en sus propósitos, enérgico en sus resoluciones, vigoroso en sus actos. Estudiaba mucho, dormía poco, soportaba sin esfuerzo grandes fatigas, y se le veía constantemente contento y feliz. Al ver entrar en su estudio a Carlos Darnay, dejó el libro y alargó al recién llegado su diestra.
—¡Amigo Darnay!—exclamó.—¡Cuánto placer me produce su visita! Desde hace tres o cuatro días esperábamos su regreso. Ayer estuvieron aquí los señores Stryver y Carton, y ambos estaban contestes en afirmar que nos privaba usted de su presencia más de lo debido.
—Les agradezco muy de veras el interés que esos señores me demuestran—contestó Darnay con alguna frialdad.—¿Y la señorita Lucía?
—Está bien, muchas gracias. Su regreso de usted será para todos nosotros motivo de alegría... Ha salido de compras, pero no tardará en volver.
—Sabía que se hallaba fuera de casa, doctor. Precisamente he aprovechado la ocasión de que saliera para solicitar de usted una conferencia.
Calló el doctor.
—¿Sí?—preguntó al fin.—Acerque una silla y hablaremos.