—Entonces, ¿qué demonios quiere decir su actitud?
—Pues... yo... Dígame: ¿adónde iba usted ahora?
—De frente al asunto—contestó Stryver, dando un puñetazo sobre la mesa.
—Si yo me encontrara en su lugar, lo dejaría para mejor ocasión.
—¿Por qué?—tronó el abogado.—Voy a estrechar a usted hasta el último límite. Como hombre de negocios que es usted, está en la obligación de hablar con motivo justificado. Vengan los motivos: ¿por qué no iría usted?
—Porque se trata de un asunto que no abordaría yo nunca sin contar con esperanzas fundadas de conseguir la realización de mi deseo.
—¡Ira de Dios!—gritó Stryver.—¡Es una razón que tumba de espaldas!
Lorry no contestó.
—He aquí a un hombre de negocios, un hombre de años, un hombre de experiencia... en un Banco, quien después de admitir la existencia de las tres razones principales, cada una de las cuales basta por sí sola para asegurar el éxito, se descuelga diciendo que no existe razón alguna. ¡Si eso no es el más desatinado de los desatinos, venga Dios y lo vea!
—Cuando me referí al éxito, pensaba en la señorita Manette, y al hablar de causas y razones en que fundar las esperanzas de ver realizado el deseo, me refería a causas que lo fueran en realidad para la señorita Manette. Sí... mi buen amigo... la señorita, porque la señorita es el juez único e inapelable.