—Entonces, lo que usted quiere decirme, señor Lorry, es que la señorita, en opinión de usted, es una tonta melindrosa.

—Me interpreta usted de una manera lastimosa, señor Stryver—replicó Lorry, rojo de cólera.—Lo que he querido decir, y lo que digo, es que no toleraré que lengua alguna pronuncie una palabra irrespetuosa acerca de la señorita Manette, y que si supiera de algún hombre... que quiero creer que no existe, de algún hombre de gusto tan grosero y temperamento tan arrebatado, que osara hablar con poco respeto de la señorita Manette, la consideración de encontrarnos en el Banco Tellson no sería bastante para que yo dejara impune su grosería.

La necesidad de contener dentro del pecho la cólera que pugnaba por hacer explosión había puesto a Stryver en estado de ánimo peligroso; en cuanto a Lorry, no obstante tener acostumbrada su sangre a no alterarse por nada ni por nadie, se hallaba en situación de ánimo tan peligrosa como la del abogado.

—Ya sabe usted lo que quería decirle, caballero—repuso Lorry.—Mucho le agradeceré que no lo olvide.

Siguió un rato de silencio, durante el cual Stryver chupaba el extremo de un cuadradillo de hierro que había tomado de la mesa. Al fin rompió el silencio, verdaderamente penoso, diciendo:

—Tan nuevo es lo que usted me dice, señor Lorry, tan inconcebible, que no acierto a comprenderlo bien, pese a la claridad de sus palabras. ¿Me aconseja de veras que no me presente en Soho, y ofrezca mi mano... la mano del famoso abogado Stryver, a la hija del doctor Manette?

—¿Me pide usted franqueza, señor Stryver?

—Sí.

—Perfectamente. Ha repetido usted palabra por palabra y letra por letra lo que yo debo contestar. No se presente usted en Soho, ni ofrezca su mano... la mano del brillante abogado Stryver, a la hija del doctor Manette.

—Y yo contesto que eso... ¡ja, ja, ja, ja! da ciento y raya a todos los desatinos pasados, presentes y futuros.