—Pongamos los puntos sobre las íes—añadió Lorry;—como hombre de negocios, nada puedo decir sobre el asunto que debatimos, porque como hombre de negocios, nada sé: pero como amigo antiguo de la casa, como hombre que ha mecido a la señorita Manette en sus brazos, que es el amigo de confianza de la señorita Manette y de su padre, como hombre que quiere a los dos con cariño entrañable, puedo hablar, y como tal he hablado. Ahora bien: ¿cree usted que puedo estar equivocado?
—¡Ni por pienso! El sentido común es planta rara que crece en pocas partes. Jamás he tenido esperanzas de encontrarla fuera de mí mismo. Suponía yo que acaso existiera donde, por lo visto, según usted, sólo encuentra terreno abonado la insensatez. Me llevo un desencanto, lo confieso, pues esperaba otra cosa; pero creo que tiene usted razón.
—¡Ni he hablado de terrenos abonados o por abonar para que en ellos crezca la insensatez, ni toleraré... dentro o fuera del Banco Tellson, que nacido alguno ofenda a personas cuyo nombre sólo puede pronunciar de rodillas!—gritó Lorry, enfureciéndose de nuevo.
—No se moleste usted: le ruego perdone frases dichas sin ánimo de molestar a nadie.
—Perdonado, y gracias. Lo que quise decir fué lo siguiente: sería doloroso para usted sufrir un desengaño, sería doloroso para el doctor Manette verse en la precisión de ser explícito con usted, y sería muy doloroso para la señorita Lucía encontrarse en la dura necesidad de hablar a usted con franqueza. Sabe usted que me cabe el honor y la dicha de ser buen amigo de la familia. Pues bien: si usted quiere que, sin ostentar representación alguna suya, sin mezclar a usted en nada ni para nada, haga observaciones nuevas que confirmen o modifiquen las impresiones que hoy tengo, a ello me ofrezco desde luego. Si el resultado de mis nuevas observaciones no le satisficiese, dueño será usted de comprobar personalmente su fundamento; en caso contrario, habremos conseguido al menos evitar escenas y situaciones desagradables. ¿Qué le parece mi plan?
—¿Cuánto tiempo tardaría usted en contestarme?
—¡Oh! ¡Es cuestión de pocas horas! Esta tarde puedo ir a Soho, y desde allí llegarme en derechura a su casa.
—Siendo así, me parece bien. Espero a usted esta noche... ¡Buenos días!
Salió el señor Stryver del edificio del Banco llevando en su pecho una tempestad de ira. Sobrábale penetración para comprender que el banquero no hubiera exteriorizado con la claridad que lo hizo sus opiniones sobre el particular de no haber contado en su apoyo un fundamento tan sólido, que equivalía a una certeza moral. Lejos estaba de pensar, cuando entró en el Banco, que le esperase una píldora tan amarga; pero no tuvo más remedio que tragársela.
—Te has puesto en situación poco airosa, Stryver—se decía a sí mismo;—has hecho el ridículo... ¡Aquí de tu talento forense para salir bien del paso!