Claramente se veía que la píldora se le había atragantado y que el eminente abogado buscaba la forma de escupirla.

—¡Ah, mi querida señorita!—murmuró al cabo de pocos momentos.—¡No seré yo quien cargue con el ridículo!... ¡Vas a tener el placer de quedarte con el fruto de la familia de las cucurbitáceas que me reservas!

En efecto: aquella noche, cuando Lorry se presentó en la casa del abogado, encontró a éste entre rimeros de papeles y pilas de libros colocados de propósito sobre su mesa de trabajo, absorto en su labor y ajeno por completo al asunto tratado aquella mañana. Hasta pareció sorprendido al ver a Lorry.

—He estado en Soho—dijo el emisario, al cabo de más de media hora de tiempo, empleada en vanas tentativas para abordar la cuestión.

—¿En Soho?—repitió con indiferencia glacial Stryver.—¡Ah... ya! ¡Qué cabeza la mía! ¿Creerá usted que no me acordaba de semejante cosa?

—Ya no me cabe la menor duda de que el consejo que a usted di fué acertadísimo. Mis impresiones se han confirmado plenamente.

—Crea usted que lo lamento muy de veras por usted—contestó Stryver con calma perfecta,—y no menos de veras por el pobre padre. Es un incidente que la familia recordará siempre con dolor, y que... Pero no hablemos de ello.

—Confieso que no comprendo.

—Lo creo; pero no importa... no importa.

—Al contrario—replicó Lorry,—importa, y desearía que se explicase.