—Repito que no importa. Creí ver sentido común y ambición laudable donde no existe lo uno ni lo otro. Me engañé, quedo curado de mi error, y asunto concluído. Por fortuna, mi error es de los que no acarrean perjuicios a quien fué de él víctima. Son muchas las damiselas que han cometido locuras semejantes, de las cuales han venido a arrepentirse cuando no era ya tiempo, cuando se han visto sumidas en la ruina y en la miseria... ¡Pobrecillas!... ¡No las culpo! ¡A fe que son dignas de compasión! ¡Es tan irreflexiva la juventud!... Visto lo ocurrido desde un punto de vista puro de todo egoísmo, lo siento, porque para ella hubiera sido un buen negocio, y si lo estudio a través del prisma de mi egoísmo, no puedo menos de celebrar un fracaso que me evita hacer un negocio desastroso. Comprenderá usted, sin que yo se lo diga, que yo, lejos de salir ganando, perdía, y no poco. Por supuesto, hasta ahora ningún daño me ha hecho. No he ofrecido mi mano a esa señorita, y aquí para nosotros, hablando con franqueza, nunca pensé en hacer semejante ofrecimiento. Siga mi consejo, señor Lorry: no intente usted nunca luchar contra las frivolidades y locuras de esas cabecitas casquivanas si no quiere cosechar desencantos a granel... ¡No... hágame el favor! Dejemos esta conversación. Repito que lamento lo ocurrido por los demás pero que me alegro por lo que a mí toca. Nunca agradeceré a usted bastante el consejo que me dió. Conoce usted a esa señorita mucho mejor que yo... Tenía usted razón... Se me ocurrió cometer un desatino aunque seguramente no habría llegado a cometerlo.

Fué tal el desconcierto, la estupefacción de Lorry, que no se le ocurrió otra cosa que mirar con expresión estúpida a su interlocutor, cuya cara reflejaba generosidad, nobleza y buenos deseos.

—¡Créame usted, mi querido amigo!—repetía Stryver mientras acompañaba a Lorry hasta la puerta,—siga mi consejo. Muchas gracias... ¡Buenas noches!

Lorry se encontró en la calle antes de darse cuenta de lo que le pasaba. Stryver quedó tendido boca arriba en el sofá mirando al techo.

XIII.
EL SUJETO NO DELICADO

Si en alguna ocasión, o en alguna parte, brilló Sydney Carton, a buen seguro que no fué en la morada del señor Manette. La visitó con bastante frecuencia durante un año entero, y siempre estuvo triste, taciturno, caviloso. Y no es que careciera de oratoria, no; sabía hablar perfectamente cuando se lo proponía; pero era tan tupida la nube que le envolvía, que muy contadas veces consiguieron taladrarla los destellos luminosos de su inteligencia.

Que las calles próximas a la casa mencionada, y hasta las piedras insensibles de las aceras, ejercían sobre él misterioso atractivo, no cabía ponerlo en tela de juicio. Más de una noche se le hubiera encontrado rondando cual alma en pena aquellos lugares, sobre todo, cuando el vino no llegaba a infiltrar en su pecho una alegría ficticia y transitoria. Más de una madrugada, los pálidos fulgores de la aurora naciente pusieron de manifiesto, no lejos de la casa del doctor, los contornos de un bulto, que si no era Sydney Carton en persona, ofrecía con el de éste notable analogía. Más de una mañana, los primeros rayos del sol, a la par que hacían resaltar las bellezas arquitectónicas de los campanarios de las iglesias y de los edificios más notables, llevaban el desaliento al pecho del solitario noctámbulo, haciéndole ver que hay cosas que el hombre, con toda su buena voluntad, no puede alcanzar. Desde algún tiempo antes, el lecho desordenado que en el Tribunal del Temple tenía Carton, rara vez merecía el honor de ser usado por su propietario, siendo de notar que, aun cuando por excepción ocurriera esto último, Carton se levantaba al cabo de pocos minutos para continuar sus peregrinaciones.

Un día del mes de agosto, cuando ya el señor Stryver, después de manifestar a su amigo que «reflexiones más detenidas habíanle inducido a renunciar a sus proyectos matrimoniales», había trasladado a Devonshire los tesoros de finura y de delicadeza anejos a su persona, uno de esos días de agosto en que los malos encuentran en el cáliz de las flores ricos manantiales de bondad, de salud los enfermos, y de juventud los viejos y gastados, Carton, esclavo de su costumbre, rondaba como alma en pena las calles. Caminaba irresoluto y sin rumbo fijo; mas de pronto brillaron sus ojos; sus pies se animaron al soplo de la intención que brotó en su cerebro, y fieles y sumisos esclavos de esta última aquéllos, lleváronle en derechura a la puerta del doctor Manette.

Lucía, a la que encontró sola y entregada a sus labores, recibióle con alguna turbación, y hasta es más que probable que de poder hacer su gusto se hubiera negado a recibirle, pues siempre la inspiró cierta sensación de recelo la manera de ser de Carton. Sin embargo, al cruzarse entre los dos las primeras frases, algo notó en la expresión del rostro de su visitante que la tranquilizó, primero, y luego excitó en su pecho la compasión.

—¿Se siente usted malo, señor Carton?—preguntó.