—No me encuentro bien, es cierto: pero la vida que llevo, señorita Manette, no es el medio más indicado para gozar de salud. ¡Qué podemos esperar los libertinos!
—¿Y no es lástima?... Le ruego que me perdone; pero ya que sin darme cuenta, salió de mis labios el principio de la pregunta, la terminaré, bien que haciendo constar que nada más lejos de mi ánimo que el propósito de ofenderle. ¿No es lástima que no procure usted vivir vida más ordenada?
—¡Es algo más que lástima! ¡Dios sabe muy bien que es una vergüenza!
—Entonces, ¿por qué no se corrige?
Lucía, que al formular la pregunta miró de frente a su interlocutor, vió, con sorpresa mezclada de pena, que los ojos de Carton estaban arrasados en lágrimas. Lágrimas destilaba también su voz cuando contestó:
—Ya no es tiempo... Nunca seré mejor de lo que hoy soy... antes al contrario... empeoraré... descenderé más y más...
Puesto de codos sobre la mesa, cubrióse los ojos con las manos. La mesa temblaba durante el penoso silencio que siguió.
—Perdóneme, señorita Manette—repuso Carton.—Guardo un secreto que me pesa demasiado y que desearía revelarla: ¿será tan buena que se digne escucharme?
—Si escucharle ha de ser beneficioso para usted, señor Carton, si ha de proporcionarle un contento que por lo visto no tiene ahora, hable usted, que en escucharle tendré yo placer espacial.
—Dios, sin duda, la premiará la compasión con que me trata.