Serenóse algún tanto Carton, separó las manos de sus ojos y repuso, con acento firme:
—No le alarmen mis palabras ni se asuste si le digo que he vivido ya lo que debía vivir, que soy como el que ha muerto muy joven. Nada queda en mí capaz de fructificar... soy estéril para el bien.
—¡No, señor Carton, no! Es usted joven, quedan en su alma sedimentos de bondad. Segura estoy de que, con un poquito de buena voluntad, puede hacerse muy digno de sí mismo...
—Dígame que puedo hacerme digno de su piedad, al menos, señorita, y aunque me consta que se equivoca, aunque leo en el fondo de mi naufragado corazón el engaño en que se halla, no lo olvidaré jamás.
Densa palidez cubrió las mejillas de la niña: sus manos temblaban.
—Si un milagro de Dios, suponiendo que a tanto alcance la omnipotencia divina, hubiera hecho posible que usted, señorita Lucía, correspondiera al amor del hombre que en este instante tiene ante sus ojos, al amor de este ser degradado, perdido, libertino, borracho, de este despojo repugnante de la humanidad... que no otra cosa soy... usted lo sabe muy bien, la felicidad que inundaría mi alma, con ser tan grande, no me impediría ver que la unión de nuestros destinos arrastraría a usted hasta el fondo de mis miserias, la sumiría en los abismos del dolor y del arrepentimiento tardío, la envolvería en olas de deshonra. De ello estoy firmemente convencido; tan convencido como de que su corazón no puede guardar ternuras para mí. ¡No las espero, no las pido! Es más: ¡doy gracias al Cielo que las ha hecho imposibles!
—¿No podría salvar a usted, señor Carton, sin esas ternuras a que se refiere? ¿No podría yo?... ¡Perdón otra vez! ¿No podría yo mostrarle un camino mejor, guiarle por senderos más rectos? ¿Ha de serme imposible pagar de alguna manera la confianza que en mí hace? Porque yo sé que se trata de una confianza—añadió Lucía con modestia, bien que con cierta vacilación,—de una confianza que no depositaría en nadie, y que deposita en mí. ¿No podríamos dar a esa confianza un giro beneficioso para usted, señor Carton?
—No, señorita Lucía—respondió Carton, moviendo con expresión de amarga tristeza la cabeza.—Imposible. Conque me dispense la bondad de escucharme durante algunos momentos más, habrá hecho en mi obsequio cuanto puede hacer. Quiero que sepa usted que ha sido el sueño último de mi alma: quiero que sepa que su imagen y la de su padre, la vista de este hogar, que lo es gracias a usted, han llegado hasta el abismo profundo de mi degradación y agitado allí sombras que yo creía muertas para siempre: quiero que sepa que, desde que conozco a usted, siento el aguijón de remordimientos que yo suponía sin vida ni eficacia, y suenan en mis oídos susurros de voces antiguas que yo creía por siempre enmudecidas. ¡Hasta he llegado a pensar seriamente en empezar, en entablar nuevas luchas, en inaugurar una vida nueva, en correr con arrestos nuevos a la palestra tantos años ha abandonada!... ¡Quimeras... ilusiones, sueños que a nada práctico pueden conducir! ¡Pero quimeras, sueños e ilusiones evocados por usted, inspirados por usted!
—Pero esas ilusiones, esos ensueños, algo habrán dejado en su alma... ¡Oh señor Carton! ¡Busque... medite... pruebe!
—Es inútil: perdería el tiempo, y además no merezco vivir. Y sin embargo, para que se forme usted idea del extremo inconcebible a que llegan las aberraciones humanas, confesaré que he tenido la debilidad, tengo aún la franqueza de desear que usted conozca la rapidez prodigiosa con que me ha transformado a mí, montón de cenizas extinguidas y heladas, en fuego vivo... bien que en fuego en todo semejante a mi naturaleza corrompida, en fuego que nada anima, que nada ilumina, que para nada sirve, en fuego que se pierde.