—Puesto que he tenido la desgracia de hacerle más desventurado de lo que era antes de conocerme...

—No diga usted eso, señorita Lucía; que si de redención fuera yo capaz, usted me habría redimido; si mis desventuras pudieran tener término, usted se lo habría puesto. No es usted, no ha podido ser usted causa de que mi desgracia sea mayor.

—Quise decir que, si el estado actual de su alma se debe a influencias mías, ¿no habría medio de encauzar esas influencias en forma que le resultaran beneficiosas? ¿Ningún bien puedo hacerle?

—El mayor, el único que yo podía apetecer, me lo ha proporcionado ya. Me permite usted que durante el resto de mi desordenada vida conserve el recuerdo de que fué usted la última persona a quien abrí mi corazón, y la creencia de que en éste queda algo que ha merecido la piedad compasiva de usted, y con ello me hace el mayor bien que pude soñar.

—Con toda mi alma desearía convencerle, señor Carton, de que, con un poquito de esfuerzo, y otro poquito de buena voluntad, conseguiría usted mejores cosas.

—La engaña su excelente corazón, señorita Lucía. Créame usted: me he puesto a prueba, y el resultado ha sido deplorable: soy incapaz de redención. Sé que estoy apenando a usted, y voy a terminar. He depositado en un corazón puro e inocente el secreto más dulce de mi vida. Cuando el recuerdo de este día brote en mi memoria, ¿me será permitido abrigar la consoladora creencia de que ese corazón lo ha recogido y lo conserva, resuelto a no confiarlo a ningún otro?

—Si esa creencia es para usted un consuelo, abríguela usted.

—¿Me promete usted no revelarlo a nadie, ni aun a la persona que más querida le sea hoy, o pueda serlo en lo futuro?

—Señor Carton—respondió Lucía con agitación,—el secreto no es mío, sino de usted: tenga la seguridad más absoluta de que sabré respetarlo.

—¡Muchas gracias... y que Dios la bendiga!