Tomó Carton la mano que Lucía le tendió, la llevó a sus labios, y comenzó a caminar hacia la puerta.
—Cuente usted, señorita Lucía, con que jamás haré referencia a la conversación que acabamos de sostener. Si cayera muerto en este instante, el secreto no quedaría, por lo que a mí toca, mejor guardado. Un corazón puro, un corazón inocente es el arca santa donde desde hoy quedan guardados mi nombre, mis extravíos, mis miserias, mi confesión postrera... ¡Ah! ¡A la hora de mi muerte, será para mí un consuelo inefable abrazarme a este pensamiento, que ha de ser mi compañero sagrado durante el resto de mi vida!
Lágrimas abundantes corrían por las mejillas de Lucía Manette.
—No llore usted, señorita Lucía, que no merezco que nadie, y menos un ángel como usted, vierta lágrimas por mí. Dentro de una o dos horas, amistades viles y hábitos viciosos, que desprecio, pero a los cuales sucumbo, harán de mí un objeto menos digno de esas lágrimas que el último despojo humano que arrastra sus miserias por las calles. Quiero, sin embargo, hacer constar que, si exteriormente seguiré siendo lo que hasta el presente he sido, para usted, mi interior será lo que ahora es. Mi penúltima súplica tiene por objetivo rogar a usted que me crea.
—Le creo, señor Carton, le creo.
—Voy a dirigirle mi ruego último y seguidamente la libraré de la presencia de un visitante en cuya alma degradada no puede encontrar la suya de ángel una sola cuerda armónica, y de quien está usted separada por un abismo sin fondo y sin bordes. Sé que decirlo es inútil; pero brota de mi alma y me es imposible callarlo. Por usted, y por cualquier persona que usted quiera, lo haré todo. Sacrificar una existencia perdida, no es mérito alguno, lo sé; pero si la Providencia me deparara ocasión de sacrificarla, por usted y por las personas que le fueran queridas la sacrificaría con gusto. Procure retener en su memoria lo que estoy diciendo. Vendrá día, y no tardará, en que contraiga usted nuevos lazos, lazos nuevos que la ligarán muy estrechamente al hombre que tenga la dicha de merecerla, lazos los más tiernos, los más dulces, los más hermosos que pueden alegrar la humana existencia. ¡Oh, señorita Lucía! ¡En medio de la felicidad que la espera, cuando al rostro feliz de su padre se una al de otro hombre que se mira en sus ojos, acuérdese alguna vez de que en el mundo vive un ser dispuesto a dar en todo momento su vida a trueque de conservar la del mortal que usted ame! El último favor que la pido, es que no olvide mi ofrecimiento... ¡Adiós... adiós!... ¡Que Dios la bendiga!
XIV.
EL HONRADO MENESTRAL
Muchos y muy variados objetos desfilaban ante los ojos de Jeremías Lapa, durante las horas que diariamente se pasaba sentado en su rústico banco en la calle Fleet, acompañado de su poco agraciado retoño. Quien se pasara las horas más animadas del día en la calle Fleet, sentado sobre un banco o sobre una silla, sobre una piedra o sobre el duro suelo, necesariamente había de salir de la jornada aturdido y sordo, por efecto de las dos procesiones inmensas, interminables que, no obstante seguir rumbos opuestos, una de Oriente a Poniente, otra de Poniente a Oriente, caminaban fatalmente hacia el mismo final, hacia el mundo que jamás visitan los rayos rojos y púrpura del sol.
El buen Lapa, mascando la obligada paja, contemplaba el curso de los dos gigantescos arroyos, semejante a aquel gentil rústico que permaneció varios siglos contemplando el curso de un río, sin más diferencia entre uno y otro que la de temer el segundo que el río se secase, y abrigar Jeremías la seguridad de que el curso de aquellos no se interrumpiría jamás. Verdad es que esa seguridad era para Lapa manantial de risueñas esperanzas, toda vez que gran parte de sus rentas las ganaba sirviendo de piloto a las mujeres que deseaban hacer la travesía de la calle. Aunque por regla general, las señoras que recurrían a sus servicios habían entrado de lleno en el declinar de la vida, y por otra parte, las relaciones entabladas durante la breve travesía eran forzosamente de poca duración, tanta impresión ejercía en el fogoso Jeremías el bello sexo, que nunca prestó un servicio de esa clase sin expresar deseos vehementes de que le fuera concedido el honor de beber a la salud de la acompañada.
Hubo tiempos en que los poetas se sentaban sobre un banco en los sitios más públicos para pensar, y meditar, y reflexionar a la vista de los hombres. Jeremías Lapa se sentaba también en un banco y en sitio público; pero como no era poeta, pensaba, reflexionaba y meditaba lo menos posible, y en cambio miraba mucho.