Atravesaba uno de esos momentos angustiosos en que el tránsito por la calle era escaso, y más escasas las mujeres que deseaban cruzarla, uno de esos momentos en que sus negocios presentaban cariz tan desconsolador, que nuestro héroe llegó a recelar que su mujer estuviera arrodillada y rezando en cualquier rincón, cuando llamó su atención un torrente humano de caudal inusitado, que descendía arrollador por la calle Fleet, siguiendo el curso mismo del sol, es decir, hacia Oeste. Examinado el torrente, vió Lapa que se trataba de un entierro que sin duda no sería de gusto del pueblo, toda vez que éste ofrecía objeciones a su paso.

—Es un entierro, hijo—dijo Jeremías a su retoño.

—¡Viva... padre!—gritó el hijo de Lapa, dando cuatro zapatetas en el aire.

El caballerito puso en su grito de alegría una significación misteriosa que desagradó hasta tal extremo al padre, que acechó, y aprovechó muy pronto la oportunidad, para agarrar a su retoño por una oreja.

—¿Qué es eso?—gritó Jeremías padre.—¿Qué significa ese viva? ¿Ese es el respeto que a tu padre tienes? ¡Este muchacho es un pillete, un descastado, tan descastado como sus vivas! ¡Que no vuelva a oirte, si no quieres sentirme! ¿Entiendes?

—¿Hacía daño a nadie?—exclamó el muchacho en son de protesta y frotándose la oreja.

—¡Lo que no hacías era bien!—replicó Lapa.—Súbete sobre este banco y mira a las turbas.

Obedeció el hijo. Venían las muchedumbres gritando desaforadamente y saltando en derredor de un carro de muertos sucio y viejo, seguido de un coche fúnebre tan sucio, tan viejo y tan deslustrado como el carra, ocupado por una sola representante del duelo, que ostentaba las galas fúnebres que a la dignidad de su posición consideraba indispensables. No parecía, empero, que su posición fuera muy de apetecer, pues las turbas saltaban en torno del coche gritando hasta ensordecerle haciendo visajes y contorsiones, mofándose de su respetable persona, y lanzando apóstrofes poco gratos al oído.

Siempre fueron los entierros motivo de excitación especial para Jeremías Lapa; no es, pues, de admirar que en la ocasión presente, tratándose de un entierro que traía tan ruidoso acompañamiento, le sacase de sus casillas hasta el punto de preguntar al primer individuo con quien topó:

—¿Qué pasa, hermano? ¿Qué es eso?