—No lo sé—contestó el interrogado sin detenerse. ¡Espías!... ¡Espías!
—¿Quién es el muerto?—preguntó a otro.
—No lo sé—respondió también éste, colocando las manos delante de la boca a guisa de bocina, y gritando con furia redoblada:—¡Espías! ¡Espías!
Tropezó al fin Lapa con una persona mejor informada del caso, gracias a la cual pudo averiguar que se trataba del entierro de un individuo llamado Rogerio Cly.
—Espía del Old Bailey—contestó el informador.—¡Espía... sí... espía del Old Bailey!
—¡Demonio!—exclamó Lapa, recordando la vista a que había asistido en otro tiempo.—Le conozco. ¿Está muerto?
—¡Muerto como mi abuela! ¡Y aun debía estarlo más!... ¡Fuera!... ¡Espía!... ¡Que lo echen aquí!
Una idea tan luminosa había de ser forzosamente aceptada por aquellas turbas, y así fué, en efecto. Todos se apoderaron con ardorosa ansiedad del grito, y lo repitieron una y mil veces, a la par que se acercaban tanto al coche y al carro fúnebres, que los obligaron a detenerse. En un abrir y cerrar de ojos se apoderaron del representante del duelo; pero éste, que nada tenía de torpe, tan admirablemente supo aprovechar el tiempo, que en otro abrir y cerrar de ojos dió esquinazo a las turbas tomando a la carrera una callejuela lateral, no sin dejar en manos de aquellas su capa, su sombrero, la gasa que le cubría hasta las rodillas, el pañuelo blanco de rigor, y otras lágrimas simbólicas.
El pueblo se entretuvo en rasgar y esparcir a los cuatro vientos los objetos y prendas indicadas demostrando loca alegría, mientras los comerciantes cerraban a toda prisa las puertas de sus establecimientos, pues la turba, en aquellos tiempos felices, eran monstruo altamente peligroso, capaz de devorarlo todo una vez abría las fauces. Habían abierto ya las puertas del carro fúnebre pasa sacar el ataúd, cuando otro genio propuso escoltarla hasta su destino entre el regocijo general. La proposición, como todas las que son eminentemente prácticas, mereció ser aprobada por aclamación, e inmediatamente asaltaron el coche ocho individuos mientras otros seis se encaramaban sobre la cubierta del carro fúnebre. Uno de los primeros voluntarios fué Jeremías Lapa, quien, en su modestia, escondió su persona y su cabeza en un rincón del coche.