Protestaron los empleados de la funeraria contra aquella alteración del ceremonial; pero la distancia hasta el río era alarmantemente corta, y varias voces habían preconizado ya la eficacia de una inmersión fría para hacer entrar en razón a los empleados recalcitrantes de pompas fúnebres, y como consecuencia, las protestas fueron débiles y breves. Prosiguió su curso la procesión una vez reformada. Un deshollinador de chimeneas guiaba el carro fúnebre, asesorado por un cochero profesional, sentado a su lado, y de la conducción del coche se encargó un pastelero, servido a su vez por un ministro responsable. Agregóse a la comitiva un húngaro con su oso, tipo callejero muy popular en aquella época, el cual oso, por ser negro, y estar muy flaco, se armonizaba perfectamente con el carácter fúnebre de la procesión de que formaba parte.
De esta suerte continuó aquella procesión desordenada, engrosando a cada paso y obligando a cerrar todas las tiendas de las calles que recorría. El término de la carrera era la antigua iglesia de San Pancracio, situada fuera de la ciudad, donde llegó a su debido tiempo. El enterramiento del cadáver de Rogerio Cly hízose con arreglo a un ceremonial extravagante, con gran satisfacción del nutrido acompañamiento.
Enterrado el difunto, el autor de la humorística proposición anterior, o bien otro genio, que nunca faltan en las muchedumbres, concibió y propuso la diabólica idea, aprobada por unanimidad, de acusar de espías de la Old Bailey y de clamar venganza contra todos los transeuntes a quienes la casualidad llevase por aquellos parajes. Docenas de infelices inocentes que en su vida habían pasado a mil varas del aborrecido tribunal fueron perseguidas como fieras y acosadas y golpeadas sin piedad. La transición desde este juego al de romper cristales, echar abajo puertas y ventanas y entrar a saco en ventorros y tabernas, no podía ser ni más sencilla, ni más natural, ni más lógica. Al cabo de varias horas de saqueos, cuando habían sido tomadas por asalto varias casas de campo y taladas no pocas tiendas, y destrozadas muchas verjas de hierro que proporcionaron armas a los caracteres más beligerantes, corrió la voz de que venían los guardias. Bastó la noticia para que se dispersaran las turbas antes de la llegada de los guardias, quienes quizá ni pensaron siquiera en aproximarse al teatro de los sucesos.
No tomó parte en los desórdenes últimos Jeremías Lapa, quien prefirió permanecer en el cementerio, conferenciado con los empleados de la funeraria y haciendo tristes meditaciones. El campo de la muerte siempre ejerció sobre él una influencia sedante. Sentado sobre una sepultura, fumando con calma filosófica una pipa que se había procurado en la taberna vecina, meditaba, puestos los ojos en la verja.
¡Ya ves, Jeremías, lo que es el mundo!—se decía Lapa.—No ha mucho tiempo viste con tus propios ojos a ese Cly, joven, robusto, derrochando vida, y ahora...
Después de fumada su pipa, y al cabo de no poco rato de meditaciones profundas y de tristes reflexiones, levantóse y emprendió la vuelta a la ciudad, con objeto de encontrarse en su puesto antes de la hora de cerrar el Banco. No ha sido posible aclarar del todo si sus meditaciones ejercieron sobre su hígado influencia perniciosa, o si su salud venía quebrantada ya de antes, o bien si su visita no tuvo otro objeto que dispensar un honor a la persona a quien visitó: fuera uno u otra la causa, el hecho fué que, en el camino, se detuvo algunos minutos en la casa de su médico... albeitar eminente de la ciudad.
El hijo manifestó con muestras de gran interés al padre que nada había ocurrido durante su ausencia. Cerró el Banco las operaciones del día, salieron los empleados, y Lapa, acompañado por su hijo, se encaminó a su casa.
—Hoy vas a saber quién soy yo—dijo a su mujer no bien traspasó el umbral de la casa.—Si esta noche estoy de malas como honrado menestral, será prueba de que te has pasado el día rezando en mi contra y sabrás cuántas son cinco, lo mismo que si yo, con estos ojos, te hubiera visto arrastrada por los suelos.
Su costilla movió la cabeza.
—¡Cómo! ¿Te atreves a hacerlo en mis barbas?—repuso con entonación colérica.