—¡Si no digo nada!
—¡Ya lo sé; pero piensas! ¡Tanto monta pensar como hablar! ¡Lo mismo puedes arruinarme rezando como meditando! ¡No quiero que hagas ni lo uno ni lo otro!
—Está bien, Jeremías.
—¡Sí!... Está bien, Jeremías... Perfectamente, Jeremías... Conforme, Jeremías... Lo que tú digas, Jeremías... Crees que me engañas con esas palabras de conformidad, ¿no es cierto? ¡Pues te equivocas de medio a medio!
—¿Piensas salir esta noche?—preguntó la mujer.
—Sí; pienso salir.
—¿Podré acompañarle, padre?—preguntó su retoño.
—No podrás acompañarme. Esta noche voy... ya lo sabe tu madre... voy a pescar; a pescar; eso es.
—Cada día son más listos los peces, ¿verdad, padre?
—Es lo que no te importa.