—¿Traerá pescado?

—Si no lo traigo, mañana habrá solfeo general en casa—replicó Lapa moviendo la cabeza.—Y basta de preguntas, muñeco. No saldré hasta que tú te hayas acostado.

El resto de la velada lo consagró a acechar a su mujer y a obligarla a hablar constantemente a fin de impedir que rezara o meditara en contra suya. Con el mismo objeto a la vista, obligó también a su hijo a que charlara sin tasa con su madre, con no poco disgusto de ésta, que no dispuso de un segundo de tiempo para consagrarlo a sus reflexiones. La persona más devota no hubiese podido rendir homenaje más elocuente a la eficacia de una oración honrada. El temor a las plegarias de su mujer era tanto como si una persona que jurase y perjurase que no creía en fantasmas ni aparecidos, se horrorizara al escuchar historias de fantasmas y de aparecidos.

—¡Es cosa grande que tus rezos sean amenaza constante a nuestros estómagos!—dijo Lapa.—Tu conducta desnaturalizada mataría de hambre a tu marido y a tu hijo, si yo no vigilara a todas horas. ¡Mira a tu hijo...! Porque creo que es tu hijo, ¿eh? Está más delgado que un estoque... Tú, que tienes el atrevimiento de llamarte su madre, ¿no sabes que el primero, el más sagrado de los deberes de una madre es hacer que su hijo engorde?

Estas palabras conmovieron tan profundamente al hijo, que conjuró a su madre a que cumpliera ante todo y sobre todo la función maternal con delicadeza tanta indicada por su padre.

Así fué deslizándose la velada en el tranquilo hogar de los Lapas, hasta que madre e hijo recibieron orden de meterse en la cama. El jefe de la familia distrajo las horas de la noche fumando pipas solitarias hasta poco más de la media noche, que se levantó para salir. Antes, sin embargo, sacó de un armario, cuya llave guardaba en el bolsillo, un saco, una barra de hierro bastante gruesa, algunas cuerdas, una cadena, y otros útiles de pesca parecidos, los que, colocados y acondicionados convenientemente, apagó la luz y se fué.

Minutos después salía tras el padre su curioso retoño, quien había tenido la precaución de acostarse vestido sobre la cama cuando recibió la orden de recogerse. Al amparo del manto de la noche salió de su habitación, descendió sigiloso la escalera y se aventuró por las solitarias calles. En cuanto a la vuelta a la casa paterna, no le inspiraba ningún recelo, pues sabía muy bien que la puerta quedaba abierta toda la noche.

Impulsado por el deseo muy laudable de aprender las artes y misterios de las ocupaciones nocturnas de su honrado padre, el muchacho, pegado a las paredes de las casas, embebiéndose en los huecos de las puertas, procuraba no perder un instante de vista al laborioso autor de sus días. Tomó éste dirección norte, y no se había alejado gran cosa, cuando topó con un nuevo discípulo de Isaac Walton, en cuya compañía prosiguió la marcha.

Media hora después caminaban ambos sin hablar palabra por un camino solitario, al que no llegaban las miradas de los faroles ni menos las de los vigilantes nocturnos. En el camino se les incorporó otro pescador, pero con tanto recato y silencio, que si el muchacho hubiera sido supersticioso, seguramente habría creído que el hombre que primero se reuniera a su padre se había partido súbita y milagrosamente en dos.

Los tres prosiguieron la marcha seguidos por el hijo de Lapa, hasta que hicieron alto al pie de un desmonte cuyo talud se alzaba sobre el camino. Sobre el talud, corría un muro de ladrillo de escasa elevación, coronado por una verja de hierro. Los hombres se deslizaron como fantasmas a lo largo del talud, procurando ampararse de su sombra, hasta llegar a un entrante que daba acceso a una especie de callejón, uno de cuyos lados, formado por el muro de ladrillo, tendría sobre diez pies de altura. A la luz blanquecina de la luna pudo ver el muchacho que el honrado menestral a quien debía la existencia escalaba con ligereza sin igual la verja de hierro. Inmediatamente le siguió el segundo pescador, y a éste el tercero. Los tres ganaron el terreno comprendido en el interior de la verja, donde permanecieron algunos minutos, tendidos en tierra... probablemente escuchando. Luego avanzaron, arrastrándose sobre las manos y las rodillas.