El muchacho se acercó a la verja, conteniendo la respiración. Desde un rincón donde se agazapó vió que los tres pescadores se arrastraban como serpientes por entre la crecida hierba que cubría el terreno... y por entre muchas cruces y lápidas sepulcrales. Estaban en un cementerio, y parecían fantasmas espantables acechados por otro fantasma más espantable, más monstruoso aún: por la torre de la iglesia vecina, gigante terrorífico encargado de velar por la tranquilidad de los muertos. No avanzaron mucho trecho. El muchacho no tardó en observar que se enderezaban y daban comienzo a la pesca.
Pescaron primero con azada. Poco después, el honrado Lapa preparó un instrumento semejante a descomunal sacacorchos. Cualesquiera que fueran los útiles de pesca que utilizaran, manejábanlos con inusitado ardor. Las púas que coronaban la cabeza del muchacho adquirieron la dureza acerada de las de su padre cuando el gigante guardián de la ciudad de los muertos dejó oir lentas, sonoras, graves, terroríficas, las dos de la madrugada.
El muchacho emprendió desatinada fuga; mas el deseo de saber era tan grande, que no sólo se contuvo al cabo de breve trecho de recorrido, sino que le incitó a volver a la verja. Vió que los tres hombres continuaban pescando, y supuso que habían pescado algo al observar que los pescadores parecían inclinados y como doblegados, haciendo esfuerzos encaminados a sacar algún pez de mucho peso. Así era en efecto: poco a poco fueron izando el pescado, hasta que éste salió a la superficie. La forma del pescado era de las que no dejan lugar a duda; pero cuando el muchacho vió que su padre se disponía a abrirlo, sintióse acometido de tal pánico, que emprendió una carrera frenética sin detenerse ni moderar la velocidad hasta que dejó atrás más de una milla de terreno.
Ni aun entonces se habría detenido si no le hubiese faltado el aliento, pues no huía ante imágenes engendradas por el miedo, sino ante espectros que le acosaban terribles. El ataúd que había visto le pisaba los talones, saltando sobre las piedras y tierra del camino en posición perpendicular y sobre el extremo más estrecho, empeñado en alcanzarle y en colocarse a su lado... quizá para asirse a su brazo. Aquel diabólico ataúd debía ser prodigio de incongruencia y de ubicuidad, pues tan pronto saltaba entre las negras filas de árboles que bordeaban el camino como volaba sobre las espesas copas, semejante a cometa sin rabo ni alas. Ocultábase también en los huecos de las puertas, contra las cuales frotaba sus horribles costillas, produciendo un ruido semejante a huecas carcajadas. Constantemente ganaba terreno al muchacho en aquella carrera fantástica. Cuando el perseguido llegó a la puerta de su casa, estaba medio muerto de miedo. Ni aun después de refugiarse en ella se vió libre de la encarnizada persecución del ataúd, que subió tras él la escalera saltando sobre sus peldaños, y se acostó en su cama, y se subió sobre su pecho cuando el sueño o el terror rindieron al desventurado curioso.
La presencia de Jeremías Lapa en el estrecho cuarto del muchacho puso fin al agitado sueño de éste antes que los primeros rayos del sol hicieran su aparición sobre la tierra. La fortuna debió serle poco propicia aquella noche; así, al menos, lo infirió su hijo del hecho de que tuviera a su mujer agarrada por las orejas y sacudiéndola sin consideración.
—¡Te lo ofrecí, y lo cumplo!—decía Jeremías.
—¡Por Dios, Jeremías!—exclamaba su mujer con acento de súplica.
—Te empeñas en estropearme los negocios, sin tener en cuenta que me perjudicas a mí y a mis asociados. Tu obligación es obedecer: ¿por qué no lo haces?
—¡Procuro ser mujer honrada!—contestaba la infeliz, derramando lágrimas.
—¿Y crees que la honradez consiste en echar a perder los negocios de tu marido? ¿Crees honrar a tu marido deshonrando sus asuntos?