—¡No deberías dedicarte a negocios tan horribles, Jeremías!
—Debe bastarte el ser la esposa de un honrado menestral y no dar entrada en tu estrecho entendimiento femenino a cálculos o apreciaciones acerca de la naturaleza de los negocios que hace o deja de hacer tu marido. La mujer que es honrada y obediente, no se mete en lo que es incumbencia privativa de su esposo. ¿Y tú te llamas religiosa? ¿Tú te llamas honrada? ¡Si eres religiosa, si eres honrada, dénme mujeres irreligiosas y sin honra!
El altercado, que se sostenía en voz baja, llegó a su término cuando Jeremías, despojándose de las botas cubiertas de barro, se tendió sobre el suelo, boca arriba y puestas las manos debajo de la cabeza a guisa de almohada. El hijo, en su deseo de imitar al padre, volvió a tenderse sobre la cama, no tardando en dormirse.
Después del almuerzo, en cuyo menú no figuró ningún plato de pescado, y puede decirse que de ningún otro manjar, el señor Jeremías, que dicho sea de paso estaba furioso como nunca, bien acepillado y lavado, salió con su hijo a la calle y tomó el camino del Banco Tellson.
El joven vástago del honrado menestral que caminaba al lado de éste por la calle Fleet no era ya el mismo que la noche anterior huía despavorido por caminos solitarios de su terrible perseguidor. Con los resplandores del día recobró su atrevimiento habitual, y sus bascas y escrúpulos terminaron con la noche... en cuyos particulares es más que probable que tuviera muchos compadres en la animada calle Fleet.
—Padre—dijo el muchacho durante el trayecto,—¿qué es un desenterrador?
El buen Lapa no pudo contestar pregunta tan inesperada sin antes quedar como clavado en el sitio.
—¡Yo qué sé!—respondió al fin.
—Yo creí que usted lo sabía todo, padre—repuso el candoroso muchacho.
—¡Hum! ¡Pues... mira!—dijo Jeremías Lapa, después de quitarse el sombrero y de rascarse la frente.—Un desenterrador es un honrado menestral, un comerciante.