—Aquí.

Ambos permanecieron sentados sobre el montón de piedras, mirándose el uno al otro, hasta que cesó de granizar y se aclaró el cielo.

—Instrúyeme—dijo entonces el viandante, dirigiéndose a la cresta de la colina.

—Mira—contestó el caminero, con el brazo extendido,—baja a la hondonada, entrarás por la calle, pasarás la fuente...

—¡Al diablo la calle y la fuente!—exclamó el desconocido con impaciencia.—Ni quiero entrar en calle alguna ni pasar junto a fuentes.

—Sobre dos leguas más allá de la cumbre de la loma que se alza sobre la aldea.

—Corriente. ¿Cuándo dejas el trabajo?

—A puestas de sol.

—¿Querrás despertarme antes de irte? Dos noches con sus días hace que viajo sin descansar ni dormir. Acabaré de fumar esta pipa y dormiré como un bienaventurado... ¿Me despertarás?