—Con mucho gusto.

El viandante fumó su pipa, la guardó en el pecho, se quitó los zuecos y se tendió boca arriba sobre el montón de piedras. Segundos después dormía profundamente.

Extraña fascinación ejercía el bulto del viajero tendido sobre el montón de piedras sobre el peón caminero, cuyo gorro ya no era azul, como antaño, sino rojo. Entregado a su ruda tarea, con tal frecuencia volvía hacia el durmiente sus ojos, que puede decirse que manejaba sus herramientas de una manera mecánica y con escasos resultados. La faz bronceada, la revuelta cabellera negra y espesa barba del mismo color, el gorro rojo hecho de lana burda, el traje de paño tosco, la constitución robusta ligeramente atenuada por las privaciones y la compresión rígida y violenta de los labios del viandante, llenaban de temor al caminero. Grandes distancias debía haber recorrido el desconocido, a juzgar por sus pies llagados y sus tobillos escoriados y sangrando. El caminero intentó ver si el dormido llevaba o no armas, pero en vano, pues se lo impedían los brazos del durmiente, cruzados sobre el pecho. Plazas fuertes, recintos murados, fosos profundos, puentes levadizos debían ser obstáculos de poca monta para hombres como aquél; y cuando el caminero, separando de él los ojos, los alzó y paseó en torno suyo, creyó ver con los de la imaginación hombres parecidos que, ciegos a los obstáculos, corrían decididos desde la periferia hacia el centro de Francia.

El desconocido continuaba durmiendo, indiferente a las granizadas que de tanto en tanto caían, indiferente a los besos del sol ardiente e indiferente a las sombras. No despertó, no se movió hasta que, puesto el astro del día, el caminero le despertó, después de reunir todas sus herramientas para emprender el regreso a la aldea.

—Muy bien—dijo el desconocido incorporándose.—¿Dices que dos leguas más allá de la cresta de la colina que domina a la aldea?

—Poco más o menos.

—Poco más o menos... Está bien.

Volvió el caminero a su casa, siguiendo a la nube de polvo que levantaban sus pies y empujaba el viento que soplaba por sus espaldas, y no tardó en encontrarse junto a la fuente entre apretados rebaños de vacas flacas llevadas allí para beber. No se recogió la aldea en sus pobres camas, como de ordinario, después de engullirse sus míseras cenas, sino que se echó a la calle y en ella permaneció. Todos hablaban en voz muy baja, cual si murmurar al oído se hubiese puesto en moda, y todos tenían clavados los ojos en el horizonte, siendo lo más curioso del caso que todos miraban en la misma dirección. Comenzó a sentir extrañas inquietudes el señor Gabelle, autoridad primera de la aldea, quien después de subir al terrado de su casa y mirar desde allí hacia el punto del horizonte que tanta fascinación parecía ejercer sobre los tranquilos habitantes de la aldea, y de examinar parapetado detrás de la chimenea las caras sombrías de los que en rededor de la fuente estaban congregados, envió a decir al sacristán, encargado de la custodia de las llaves de la iglesia, que quizá aquella noche hubiese necesidad de repicar la campana de alarma.

Cerró la noche, negra, tétrica, siniestra. Las copas de los árboles gigantes que rodeaban al castillo se balanceaban al soplo del viento y semejaban prodigiosas mazas manejadas por titanes invisibles contra la ingente masa de piedra. El agua caía a torrentes. Las dos escaleras monumentales que se encontraban en la terraza parecían torrentes desbordados cuyo turbulento caudal chocaba con estruendo contra la puerta principal, semejante a rápido mensajero que intenta despertar a los que duermen dentro. El vendaval penetraba por las espaciosas galerías, azotaba las lanzas, espadas, cuchillos y picas que decoraban sus paredes, y, subiendo por la escalera, agitaba las cortinas del lecho sobre el cual había reposado el último Marqués. Bultos confusos, procedentes de Oriente y de Poniente, del Septentrión y del Mediodía, hollaban la crecida hierba del bosque y avanzaban cautelosos hacia el patio del castillo, donde se reunían. Brotaron cuatro luces que se movieron en direcciones opuestas, y todo volvió a quedar negro segundos después.

La obscuridad duró poco. El castillo comenzó a brillar con luz propia, cual si fuerzas sobrenaturales le hubiesen de pronto convertido en castillo luminoso. Por detrás de la robusta fachada corrían regueros encendidos que no tardaban en manifestarse por cuantos sitios transparentes ofrecía aquélla y en poner de relieve la situación y forma de las balaustradas, de los arcos y de las ventanas. Subían... subían más altas las llamas, y la inmensa hoguera adquiría por momentos mayor extensión y brillantez. No tardaron en brotar chorros de fuego por veinte grandes ventanas a la vez, y en despertar a los centinelas de piedra, de cuyos rostros desapareció la impasibilidad para ser substituída por el asombro.